Llega una etapa en la vida, a partir de la adolescencia en la que buscamos ser más independientes, establecer nuestras rutinas y nuestra vida personal más allá de aquella que hemos conocido y compartido, sobre todo con nuestros padres.

Es muy normal que también una vez te independizas empieces a quedar menos con tus padres, a espaciar las visitas o que éstas solo se reduzcan a recogida de tuppers o a visitas exprés. Y ya no hablemos de las vacaciones… En estos momentos, solemos buscar momentos de disfrute con amigos, con parejas afines o con la familia que hemos creado así que, salvo que sea obligatorio es difícil encontrar familias que pasen las vacaciones juntos.

Bueno, pues yo soy la excepción que confirma la regla. Tengo más de 35 años y adoro ir de vacaciones con mis padres. Es más, creo que, a día de hoy, no ha pasado un solo año sin que, en algún momento, hayamos cuadrado agenda para irnos juntos.

Y, ¿por qué lo hago? Bueno aquí algunas pistas:

  • Es una tradición y las tradiciones son sagradas

Soy una persona de costumbres y como tal, desde que mi di cuenta de que ir de vacaciones juntos se había convertido en una tradición que todos esperábamos con ansia, decidí que no podía ser yo la que la rompiera.

Así, en verano siempre siempre siempre buscamos al menos, 4 días para ir a nuestro sitio de vacaciones, siempre al mismo, siempre los mismos. Es nuestro refugio y nuestros días de estar juntos dejando atrás los problemas durante ese tiempo.

  • Estamos mucho más unidos

No lo tengo comprobado científicamente, pero a nosotros, el poder tener esos días en los que estamos juntos, nos ha venido bien para estar más unidos ya que ha propiciado que hayamos tenido momentos o  conversaciones que quizás de otra manera no habrían surgido.

Además, nos ha servido para conocernos muchísimo mejor, para escuchar anécdotas o historias de las que no teníamos ni idea y para ver partes de nosotros que desconocíamos.

  • No siempre vamos a tener tiempo

Eso es algo que también he aprendido, sobre todo durante el resto del año que ha sido bastante difícil. Además, normalmente la rutina nos come y es difícil encontrar momentos para estar juntos.

Así, es una forma de recordarnos que esos días son para nosotros, que hay que disfrutarlos pues no siempre vamos a poder repetirlo. La ausencia de algún miembro de nuestra familia durante las vacaciones, siempre nos ha hecho tener esto muy en cuenta.

  • Es el momento de cosas nuevas

Otra de las cosas bonitas que tienen nuestras vacaciones en familia, es que nos esforzamos por hacer cosas que, en nuestro día a día no hacemos.

Solemos incluir planes que nos apetezcan a todos y, alguno más especial que nos apetezca de forma individual (cada año un par de ellos) y, así disfrutamos en familia de los gustos, hobbies y pasiones de los demás y ¡aprendemos un montón de cosas nuevas!

Sé que a mucha gente le chirria y que, en ocasiones, están deseando pasar más tiempo solos y no tener la obligación de compartir parte de sus vacaciones con su familia y, es totalmente respetable.

Y, además, sé que tengo mucha suerte con la familia que me ha tocado ya que este planteamiento en otras circunstancias o con otras personas sería totalmente impensable.

También, creo que es necesario añadir que no todo es color de rosa ni idílico, también tenemos riñas, discusiones y malentendidos, no siempre todos estamos en el mismo punto a la vez y, en más de una ocasión sé que alguno de nosotros ha deseado pasar de esta “obligación” e irse solo de vacaciones, pero independientemente de todo eso, a mí me merece la pena, disfruto con el tiempo compartido y estoy deseando seguir acumulando vacaciones juntos y álbumes de recuerdo compartidos.

Angie Rigo