Tengo más años que amigas: ¿cómo se hacen vínculos nuevos a los treinta (o más)?

 

Hubo un tiempo en que tener amigas era fácil. Muy fácil. Bastaba con coincidir en clase, en el gym, en los baños de un garito a las tres de la mañana o con que a las dos nos diera por odiar al mismo profesor. La amistad surgía sin forzar nada, como cuando de adolescentes nos salían granos sin pedirlo.

Sin embargo, ahora… ahora tengo más años que amigas. No, no es que me haya vuelto una huraña ni que prefiera estar sola (aunque la paz de una tarde sin dramas también tiene lo suyo). Es que la adultez es un páramo social para muchas. Una especie de desierto emocional donde vas con la cantimplora medio vacía y preguntándote: ¿dónde está la gente que me entienda, que me escuche, que me invite a un café sin necesidad de organizarlo con dos semanas de antelación?

¿Y mis amigas de siempre?

Pues algunas siguen ahí, claro. Las de siempre, las del grupo de WhatsApp con nombre absurdo y stickers personalizados. Pero la vida aprieta. Entre parejas, hijos, mudanzas, horarios imposibles y agotamiento crónico, a veces pasan meses sin vernos. O quedamos y, entre bocado y bocado, acabamos hablando más de trabajo que de nosotras. Y eso también duele.

Otras directamente se han ido diluyendo. No pasó nada grave, simplemente… pasó la vida. Un buen día te das cuenta de que ya no compartís nada más allá del pasado. Que las risas eran de otra época y que ahora todo se siente un poco forzado.

Hacer amigas nuevas a los treinta (o más)

No es fácil. Y lo peor es que no se habla lo suficiente de esto. De esa sensación de querer conocer gente nueva sin parecer desesperada. De lo raro que es decirle a una desconocida “oye, ¿te apetece tomar algo algún día?”, como si estuvieras pidiendo cariño con un cartel colgado al cuello que diga: “Me falta tribu, ¿te apuntas?”

He probado de todo: talleres, cursos, grupos de lectura, hasta apps para hacer amigas (sí, existen, y sí, algunas funcionan). Y en todas partes he sentido lo mismo: hay muchas como yo. Mujeres que no están solas por elección, sino porque construir vínculos en esta etapa es un auténtico desafío.

La edad no debería ser un obstáculo

Ni para tener amigas nuevas, ni para abrirse, ni para decir: “Te echo de menos” o “me vendría bien hablar con alguien que me entienda.”

La edad no debería alejarnos, pero muchas veces lo hace. Porque nos da vergüenza, porque nos hace pensar que “esto ya no toca”, porque creemos que a estas alturas ya deberíamos tener una pandilla sólida y un calendario lleno de brunchs, vinos y escapadas con las chicas.

Y si no lo tenemos, sentimos que hemos fallado. Pero no es así. Simplemente la amistad adulta se construye diferente: más lenta, más frágil, más valiente también.

Yo sigo en ello

No tengo una cuadrilla gigante. A veces echo de menos tener a alguien para tomar un café improvisado o para rajar del mundo sin sentirme culpable. Pero he aprendido a valorar lo pequeño. Una conversación bonita con alguien que acaba de llegar a tu vida. Una conexión inesperada con una vecina. Una nueva amiga a los treinta y pico que no sabe tu historia de instituto, pero te escucha como si la conociera de siempre.

Porque nunca es tarde para hacer amigas nuevas.

Porque no estás sola si te sientes sola.

Y porque, por raro que parezca, hay muchas más de nosotras en este desierto de lo que creemos.

M.R.