Tengo tres hijas como tres soles. Ya son adultas funcionales, la mayor tiene 47 años y la pequeña 36. Así que ya no viven conmigo. Cada una tiene su vida, su trabajo, su casa, sus parejas, en definitiva su vida. Las cuatro somos muy independientes, pero a la vez siempre hemos estado muy unidas. Es algo de lo que siempre me he sentido muy orgullosa, de lo bien que nos llevábamos, todo lo que compartíamos y lo felices que éramos las unas con las otras. Mi marido murió cuando ellas eran pequeñas, de manera que yo las tuve que sacar adelante como pude y fue un hecho traumático que nos unió como familia.
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Esta relación tan estrecha la hemos mantenido hasta hace poco tiempo. Unos cuatro años. No sé qué cosa grave pasó entre ellas, porque ni una ni otras me lo han querido contar, el caso es que de repente se distanciaron. La mayor se fue por un lado y la mediana y la pequeña por el otro. Yo me quedé en tierra de nadie, sobre todo porque no sabía lo que había sucedido. Pero constantemente notaba que me hacían elegir, no me lo decían de manera explícita, pero las insinuaciones estaban ahí.
Por supuesto, yo no elegí. Pero es verdad que mi hija mayor puso más distancia entre nosotras y veía más a las otras. No fue porque yo quisiera, desde luego. Pasaba temporadas sin ver a mi hija mayor, teniendo en cuenta que vivimos en la misma ciudad, a veces incluso meses. Y cuando nos veíamos tampoco es que fueran encuentros muy agradables, ella estaba siempre de mal humor y me echaba cosas en cara todo el tiempo. Yo lo llevaba fatal.
Un día, hace como un año y medio, me encontré a una vecina y me dio la enhorabuena, ¿por qué?, pregunté. «¡Por qué va a ser! ¡Por el embarazo de tu grande!»
Mi cara tuvo que ser un poema, no tenía ni idea de que estuviera embarazada. Es más, a mí ella siempre me había dicho que eso estaba más que descartado y más con su edad. En fin, puse la mejor cara que pude y salí del paso haciendo como que estaba despistada, pero aunque la señora no fuera muy avispada estoy segura de que se dio cuenta de que no sabía nada.
Después de esta noticia no me pude contener, la llamé y le dije que teníamos que vernos inmediatamente. Fui a su casa y me encontré a mi hija mayor, de 45 años, que nunca había querido ser madre, con un barrigón de 5 meses. Me quedé a cuadros. ¿Cómo podía ser que nuestra relación, antes tan estrecha, de repente estuviera tan mal como para no saber nada de esto?
Hablé con ella. Me contó cómo había sido, por inseminación artificial, me dijo que estaba muy muy feliz y que no me lo había dicho porque no me necesitaba para nada. Que ella tenía su círculo de amistades que la ayudaban y que con eso se bastaba. Me pareció todo muy raro y loco, un sinsentido. Le dije que contara conmigo para todo, que yo era su madre y siempre iba a estar. Pero ella solo hacía que decirme que no me necesitaba.
Durante el resto del embarazo yo iba a verla a su casa y la mitad de los días no me dejaba pasar, me decía que estaba ocupada trabajando y que no podía atenderme. Los días que me dejaba pasar eran todo malas caras. Cuando llegó el momento del parto me dijo: mamá, no quiero que vayas al hospital el día del parto y tampoco que vengas a casa hasta que no te dé permiso explícito. Pero hija, dije yo, si no tienes a nadie más. Se puso hecha una furia, me dijo que ella tenía a sus amigas y que no le hacía falta nadie más que ella misma para traer al mundo a su hija.
Respeté su deseo y no fui. Me contó que todo había salido muy bien y la llamaba todos los días. Pero seguía esperando a que me diera permiso para ir a ver a mi nieta, como no llegaba me harté y fui a verla. Me abrió de mala gana y luego no me dejaba coger a la niña. Decía que tenía que darle el pecho y que ese momento era sagrado, que todo con la niña era sagrado y de ellas dos solas. Al final me fui, porque vi que no había manera.
Así pasó el tiempo, yo la llamaba para ver cómo estaban, pero si ella no me decía nada yo no intentaba ir a verlas. Hasta que se tuvo que incorporar a trabajar. De repente un día me llamó y como si no hubiera pasado nada y nuestra relación fuera de lo más normal. Ay, mamá, mira qué guapa está la niña, mira qué vestido hemos comprado, en una semana empiezo a trabajar, a ver si te puedes quedar con ella, que no quiero meterla a la guardería todavía. Yo, por supuesto, acepté. Eran mi nieta y mi hija.
Esa semana fue maravillosa, contaba conmigo para todo, nos veíamos por las mañanas y por las tardes, a veces comíamos juntas, disfruté de las dos como nunca. Hasta que un día…se me ocurrió decirle que yo cuando la tuve a ella hacía una cosa de otra manera. ¡Cómo se puso! Me llamó de todo, no diré que me echó de su casa a patadas, pero casi.
No volvió a cogerme el teléfono ni a decirme que fuera a verlas. Yo estaba preocupada, no sabía con quién iba a dejar a la niña. Al final me enteré de que había cogido una guardería. Intenté de nuevo acercarme a ellas, pero nada, me echaba con cajas destempladas. Hace poco me llamó, la niña estaba mala y no se la cogían en la guardería y ella no podía dejar de trabajar. Así que acudió a mí. De nuevo tuvimos unos días increíbles y maravillosos. Pero cuando mi nieta se recuperó y volvió a la guardería, mi hija volvió a su actitud anterior. Me tiene vetada la entrada a su casa, así que la única manera que he encontrado de ver a mi nieta es a través de las verjas de la guardería.
Y lo peor de todo es que no sé a qué se debe esta situación. Lo único que se me ocurre es que ella piense que me he puesto del lado de sus hermanas (que por supuesto no conocen a la niña). En fin, esta es mi triste historia de abuela frustrada. Sinceramente, espero que en algún momento mi hija cambie de actitud y podamos hablar de todo esto y entender qué es lo que ha pasado.