Sex & Love

Tinder sorpresa: el pirado del matorral

En diciembre del año pasado lo dejé con mi exnovio, así que tras un par de meses de auto-amarme mucho, cuidarme y recuperarme, decidí pasar a la acción y descargarme Tinder.

Que conste que yo no estaba buscando al amor de mi vida, sino todo lo contrario. Quería echar un polvazo (o varios, ya puestos), quitar las telarañas de mi cajón de las bragas bonitas y recordar lo que es sentir un rabazo, hablando en plata.

La suerte me sonrió porque a los tres días encontré a un tío que me gustaba mucho. Era un maromazo gordibueno con barba vikinga y un humor negro que derritió mis bragas al instante. Hablamos durante dos semanas y decidimos quedar. ¿Qué podía salir mal? De lo malo, me llevaría una historia que contar.

A los dos nos molaban mucho las rutas de senderismo y esas cosas, así que nos pareció una ideaza ir a ver unas cascadas de un pueblo en nuestra primera cita. El maromazo pasó a recogerme el sábado por la mañana y pusimos rumbo a la montaña.

El viaje en coche estaba siendo maravilloso. Reíamos, hablábamos y cantábamos las canciones de su lista de Spotify. Solo fallaba una cosa: no nos podíamos dar el lote. Decidimos parar a tomar un café en un bar de carretera y empezamos a enrollarnos como adolescentes en celo. Cuando el camarero del bar empezó a mirarnos mal, nos fuimos al coche y retomamos la marcha.

Entre tanto, el me empezó a sobar con una mano y yo hice lo mismo cambiando las marchas de su embrague de carne. Como la seguridad al volante es lo más importante, decidimos meternos por un camino y paramos en un mirador en el que no había ni Dios. Resumiendo: chuscamos como animales. Si existiese el Nobel al mejor polvazo, nos lo habríamos llevado, no os digo más.

Antes de poner rumbo de una vez por todas a las cascadas, me bajé del coche para descargar la vejiga. Me metí en unos matorrales, me bajé los pantalones y las bragas y empecé a mear, cuando de repente el vikingo se puso a gritar…

– ME CAGO EN TU PUTA MADRE. COMO TE PILLE TE REVIENTO.

Del susto me caí en el matorral y me pinché el culo con unas zarzas. No entendía una mierda de lo que estaba pasando, y para sumar un poquito de desconcierto a la situación, mi ligue tinderiano se bajó del coche y empezó a correr hacia la arboleda.

No sé si pasaron 5, 15 o 30 minutos, pero ahí estaba yo con el culo más rojo que el bronceado de Donald Trump, sentada en un coche que no era mío y buscando en Google “a quién llamar si te pierdes en el bosque”.

Al final el chaval volvió y me contó que mientras yo meaba, vio a un tío escondido haciéndose un pajote mirando hacia el coche, así que salió a ver si le pillaba. Yo me pasé toda la ruta andando como un playmobil por mi culo dolorido, pero las cascadas eran preciosas.

 Autora: una chica con el culo rojo

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