¿Alguna vez habéis vivido un #TierraTrágame de los de antaño? ¿De los que publicábamos en cuánto cabrón y de los que contaba la Loka en sus páginas más increíbles? Pues el otro día me pasó uno que, literalmente, estaba rezándole a Dios para que el suelo se abriera por la mitad, yo cayera dentro del abismo y no salir de ahí nunca jamás.

Estoy gorda, bastante gorda. Mido 1,60 y peso 92 kilos, me quiero a muerte, nunca he tenido complejos (más allá de los días malos en los que no ves la parte bonita de la vida por ninguna parte) y MUY pocas veces me he sentido intimidada o me he quedado sin palabras, me defiendo, soy rápida con las palabras y tengo una verborrea capaz de callar al que se cree el más listo de la sala, llevo haciendo activismo BodyPositive desde los diecinueve y estoy a punto de cumplir treinta, o sea, que argumentos tengo para rato.

Pues bien, hice match con un chico en Tinder que cumplía con todas las casillas de requisitos básicos para arriesgarme a quedar con él en una pandemia mundial. Antes tenía primeras citas muy a menudo, un par al mes caían y he vivido un poco de todo, desde puto genial hasta puto horror; pero ahora con todo el tema este llevo mucho cuidado y desde que se declaró el estado de alarma he quedado con dos (2) unidades de hombres y, dicho sea, me las podría haber ahorrado ambas.

Pues bien, ingeniero aeronáutico, regordete, bastante alto, sonrisa de simpaticón, chateamiento muy agradable durante más de siete días seguidos, agradable y sin faltar al respeto. Decidimos quedar después de nueve días hablando en el río Manzanares, vivo por la zona y dadas las circunstancias prefiero quedar al aire libre y poder usar las mascarilla que tener que entrar a un bar cerrado, tener que pedir y tener que hablar cara a cara sin nada de por medio.

Pues nada, quedamos en la salida del metro de Príncipe Pío para ir dando un paseo por el río desde ahí, en cuanto lo veo pienso ‘aprobado, me gusta’, nos saludamos con el codo y echamos a andar. Un tío MUY callado, estaba hablando prácticamente yo sola, que si mi curro, que si que mal está Madrid, que mal esta España, qué mal está el planeta. Él solamente asentía y hacía algún que otro sonido del tipo ‘ahám’, estaba siendo MUY incómodo. 

Estaba siendo TAN incómodo que no aguanté más y le dije ‘oye, ¿sueles ser así o es que te pasa algo?’, algo me responde, ‘no, no, no me pasa nada’. Nos quedamos los dos callados, andamos en un silencio HORRIBLE durante unos dos minutos que fueron ETERNOS y de repente me suelta ‘perdona, ¿cuánto pesas?’. 

Os juro que no sabía dónde meterme, no sabía qué hacer, no sabía de repente casi ni respirar. Me pilló tan fuera de juego aquello que solamente me quede plantada mirándole. Él no se dignó a mirarme a los ojos ni un segundo, mis piernas empezaron a andar solas en dirección contraria me fui de allí sin saber ni qué estaba pensando, me puse a llorar a los diez minutos sin saber muy bien por qué, llegué a casa y rompí en llanto como cuando tenía era adolescente y mi padre me castigaba sin ver compañeros. Llevaba tantísimo tiempo sin llorar así que perdí tres kilos por lo menos.

Podría haberle dicho de todo, podría haberle soltado un guantazo, podría haber hecho tantas cosas y sin embargo no hice absolutamente nada. ¿Por qué? Aún no lo sé. Mira que le he dado vueltas y vueltas, no lo conocía de nada, no me importaba (ni me importa) una mierda él, su vida o su opinión. Pero de repente me rasgó por la mitad con una simple pregunta: ‘¿Cuánto pesas?’

Pues peso 92 kilos y 500 preciosos gramos de autoestima, amor propio y cariño, pero a veces, hasta estos fuertes, rudos y bien hechos noventa y dos kilos y pico caen en las trampas del sistema y se deshacen en lágrimas y, ¿sabéis qué? Que está bien, que no pasa absolutamente nada, que somos humanas y que benditas sea el agua con sal haciendo limpieza en el alma.