Mira, me he desinstalado Tinder y le he prometido a mi virgen de la Macarena que no me lo vuelvo a instalar pase lo que pase.

Menudo pedazo de gilipollas de mierda que me fue a tocar.

Soy de Sevilla y aquí el Tinder está un poco trillao o yo soy una mujer con mucho tiempo libre, pero básicamente se me habían acabado los hombres disponibles, no hay perfiles nuevos nunca, así que me lo borro y me lo pongo de nuevo cada vez que sopla el viento. Los últimos chicos con los que quedé antes del covid estuve hablando con ellos casi tres semanas, pa luego quedar y que no me atrajeran absolutamente nada. Así que esta vez me había propuesto quedar a la primera.

-Hola Ismael, soy Carmen, ¿te quieres tomar una cañita esta noche?

Nunca más, Carmen María, nunca más.

No estéis tres semanas hablando pa na, pero tampoco quedéis por quedar porque madre de Dios el cuadro del Louvre que se me plantó en la cita. Era el típico sevillano de por aquí, camisa de Ralph Laurent, náuticos, pantalones pitillo apretaítos y pelo revuelto. Uno de tantos, vaya. Por ahí se les llama Cayetanos, pero es que aquí eso no lo puedes hacer porque entonces todo hetero de Sevilla votaría al PP y no es el caso, aquí pueden ser de izquierdas y vestir así, es como el uniforme de la zona.

Este, casualmente, lo era.

No llego a la cena y me empieza a hablar de política, que si el coletas no sé qué, que si Pedro Sanchez no se cuanto, que el no votó a VOX pero hay días que se arrepiente porque cree que son los únicos que dicen verdades como puños. Que las mujeres de hoy en día teníamos muchas leyes, que en su casa todo era como tenía que ser, su madre ama de casa y su padre llevando el dinero todos los meses… Es que encima era TAN prepotente y ni me molesté en discutir, solo puse cara de asco, me quedé callada y lo miré.

No me acuerdo exactamente qué perlita soltó, pero ahí dije, mira, me voy al baño. Estuve meando, vuelvo ya con la excusa en la punta de la lengua, ‘me acaba de bajar la regla y me tengo que ir corriendo a casa antes de mancharme’. Siendo tan hunga-hunga seguro que le daba asco y no hacía más preguntas, pensé. Pues fíjate que no tuve ni que usar la excusa porque me dio tanto puto asco lo que vi al salir que si no fuera porque estaba en un sitio donde conocía a todo el mundo (es mi bar de confianza) le tiro el vaso de cerveza a la cara.

El muy cerdo le estaba dando su número a la camarera QUE RESULTA SER MI SANTA HERMANA. O sea es que de qué vas, cacho de mierda, tienes una cita conmigo y mientras me voy al baño el tío le da su teléfono a la camarera en una servilleta (??????) Mira, te rajo el alma.

Pues nada, allá que voy, me siento, me dice que ahora tiene que ir él al baño, llamo a mi hermana le digo que me traiga el sirope de chocolate, me dice que pa qué, que no haga tonterías que me vaya y ya está, le digo que me dé el sirope puto ya o voy a cogerlo yo, me lo trae, le lleno la silla de chocolate, espero a que se siente me levanto, pago y me piro.

¿Tengo quince años? Probablemente. ¿Soy una niñata inmadura por no mandarlo a la mierda de forma directa y dejarme de gilipolleces? Puede ser. ¿Que el muy  idiota se fue a su casa con los pantalones pareciendo que se había cagado? Efectivamente. ¿Que si me arrepiento? Para nada. ¿Que si lo volvería a hacer? Sin duda alguna. ¿Que si me ha escrito llamándome hija de puta y amenazándome con que le rezara a Dios para no volver a encontrármelo porque me iba a enterar? Pues sí. ¿Que si tengo miedo? Ni un poco.

Ven aquí con la cara descubierta, pero antes lávate los pantalones del Emidio Tucci.

 

Anónimo