Por desgracia estamos demasiado acostumbradas a los follodramas. Yo al menos. Llevo unos cuantos añitos metida en esto de Tinder y la verdad es que empezaba a estar bastante harta de tiarrones a los que se les va la fuerza por la boca. Pero, si ya habéis leído el título de esta historia, el otro día me tuve que tragar una a una mis palabras (y lo que no fueron palabras…)

Resultó que conocí a Carlos efectivamente en Tinder. Uno más de los muchos que me entran habitualmente por el ojo. Guapo, de estatura mediana, se le veía aseadito en todas sus fotos (ojo el aseo, lo primero). Bueno, un cúmulo de cosas que hicieron que me pusiera a hablar con él en cuanto me devolvió el match.

Además de todo el tío tenía labia que no os imagináis. Yo ya me estaba figurando a un vende motos del copón y me empezaba a dar un poco de pereza el tal Carlos, al menos hasta que muy directo y como quien no quiere la cosa me pregunta qué tal soy en la cama. Y es que no no sé a vosotras pero a mí nunca jamás me habían preguntado eso, me quedé un rato pensando y entonces le dije que hasta el momento no había tenido queja. Por supuesto le devolví la pregunta, a lo que Carlos, sin cortarse ni un pelo, me dice que él es un crack, que se le da de lujo y que todas siempre quieren repetir.

Menos lobos, Caperucita… Me dio la risa porque era muy evidente que el tío se estaba subiendo al guindo más alto del campo. Yo tampoco me corté y le dije que habitualmente perro ladrador… poco mordedor. Entonces Carlos me respondió que yo le había preguntado y él únicamente había respondido. ‘¿Para qué voy a mentirte? Todas las chicas que han estado conmigo me lo han dicho, que se me da de lujo y que ojalá más como yo…‘ Vale, era cierto que yo le había preguntado, pero quizás con decirme un sencillo ‘se me da bien’ hubiera bastado.

El caso es que a pesar de ese deje de sobrado de Carlos, algo en él me enganchó. Y es que al final, aunque en muchas ocasiones respondía con chulería, también tenía sus momentos de chico que pregunta cosas normales y responde cosas normales, es decir, que se le notaba interés en mí más allá de echarme un polvo de cualquier manera.

Tres días después de empezar a hablar fui yo la que retomé el tema del sexo. Le pregunté sin medias tintas cómo podía él saber que se le daba tan bien, qué les hacía a esas mujeres para volverlas tan locas. Me metí literalmente en la boca del lobo, porque obviamente le estaba dando a Carlos la opción de entrar en terreno peligroso. Aquella noche me masturbé varias veces mientras Carlos me contaba todo tipo de guarrerías por teléfono. Yo lo sabía, tonta no soy, quizás era que ese chico empezaba a gustarme o simplemente que estaba más caliente que una mona. El caso fue que Carlos me puso de verano por teléfono y esa misma noche antes de irme a la cama le pregunté si quería que nos conociéramos.

Fue al día siguiente, que nos dio igual que fuese un día entre semana. Temprano, a eso de las cinco de la tarde, en mi piso. Le dije a Carlos que lo invitaría a una copa y que así charlábamos un rato, aunque era más que lógico que lo último que íbamos a hacer esa tarde era hablar.

Puntual como él solo, Carlos llegó a mi piso oliendo a un perfume de hombre increíble y con una botella de vino bajo el brazo. Tal y como me lo había imaginado, según entró por la puerta me saludó un poco cortado y yo lo miré a los ojos como dándole permiso para ir a saco. Fue lo único que hizo falta para empezar en aquel preciso instante, en el recibidor de mi casa, sin decirnos nada más que ‘hola guapísimo‘.

Puedo decir, y aquí lo certifico, que Carlos ha sido hasta el momento el mejor amante que he tenido. Y ahora mismo entiendo por qué, y es que es un hombre que lo da absolutamente todo para que la mujer llegue al orgasmo cuantas veces pueda. Está claro que él también disfruta, y mucho, con ello pero de entrada, lo que quiere es que tú te sientas bien y que disfrutes. Un empotrador respetuoso, que sabe llevar el ritmo y que encima sabe decir cochinadas al oído sin sonar como un baboso de primera.

Fue capaz de hacerme un cunnilingus brutal nada más empezar, con unas formas que en la vida me hubiera imaginado, moviendo la lengua y la cabeza como sabiendo lo que me pedía mi cuerpo. Os juro que llegó un momento en el que ya no sabia dónde colocar las piernas porque me daban unos espasmos que en la vida me había pasado.

Carlos estuvo en mi casa cuatro horas, y de esas cuatro os puedo asegurar que tres y media fueron de puro sexo del que hace reventar los cimientos del edificio. Terminamos dándonos una ducha juntos, me daba hasta pena dejar irse a ese hombre de mi casa. Lo hubiera raptado, os aseguro que se lo planteé, que dejase su trabajo de diseñador gráfico y se quedase para siempre entre mis piernas, ya me buscaría la manera de mantenerlo. No os asustéis, fue una broma y a él le hizo la gracia.

Antes de irse, nos tomamos esa copa de vino. Carlos estaba incluso como al entrar en mi piso, un pelín cortado a pesar de haberme recorrido el cuerpo entero unas cuantas veces. Era como si el sexo le saliese natural. Entonces lo miré y le dije que me alegraba de que hubiese sido tan sincero, estaba claro que realmente era un empotrador. Él se puso rojo como un tomate y me respondió ‘ya te darás cuenta, yo nunca miento‘ y me guiñó un ojo que hizo que mis bragas bajasen directas hasta mis tobillos.

Este chico ha dejado las puertas abiertas a más y, ya os digo, que lo que dure porque es sin lugar a dudas la horma de mi zapato.

 

anónimo