La perseverancia, la constancia y la disciplina son los atributos personales que más he admirado siempre en los demás. Llevo toda la vida comparándome con aquella amiga que sacó oposiciones en 2 años y hoy tiene puestazo, dos casas y medio mundo recorrido; o con la que se levanta a las 7 h para correr y luego se va a trabajar hasta por la tarde; o con la que ha logrado ser muy respetada en su profesión y hoy ocupa puestos de responsabilidad.

Yo, en cambio, entro con frecuencia en la misma dinámica: me propongo un hábito y apenas me dura. Y, entonces, aparece mi voz interna: “Qué indisciplinada eres”, “Nunca logras nada”, “Vas a tener que conformarte siempre con la mediocridad”, “Todos pueden menos tú”, y otras lindezas por el estilo.

Hay dinámicas internas que estoy tratando de cambiar con la terapia, comenzando por no juzgarme ni tratarme con tanta dureza. Además, estoy intentando poner en valor cosas que sí he conseguido y entender de dónde viene esta presunta vagancia o flojera con la que me autopercibo.

El trauma no resuelto

¿Os pasa esto de la autovaloración negativa continua y la comparación con los demás, en la que salís perdiendo? ¿O iniciáis continuamente nuevos hábitos que luego se diluyen? Una teoría es que puede haber detrás un trauma no resuelto.

Muchas de las respuestas a cómo somos están en la infancia. Mis padres nunca me han juzgado con dureza y me han dado mucho amor y apoyo en prácticamente cualquier decisión, fuera acertada o no. Pero hay dos figuras de mi pasado que pueden explicar mis creencias limitantes: mis abuelos paternos.

Mis abuelos eran hombres de los de antes: estrictos, rudos, serios y conservadores. Uno me dijo que la carrera que quería estudiar no servía para nada, y que lo que tenía que hacerme era maestra. El otro, directamente, me decía que yo no valía para estudiar. Son ejemplos de mensajes que oí durante buena parte de mi vida, y que me acabé creyendo.

No estoy echándoles la culpa, y ni siquiera lo catalogaría como “trauma”. “Traumita”, en todo caso. Y el traumita explica, no justifica. No me estoy eximiendo de responsabilidad por metas que yo misma me he puesto y yo misma no he alcanzado, pero quiero tener un contexto razonable que me sirva, al menos, para tratarme con más autocompasión.

A las voces negativas de mi infancia sumo el peso tan desproporcionado que tienen la productividad y el desarrollo profesional en mi entorno. La comparación continua y el desajuste de expectativas me han tocado tan a fondo que, posiblemente, mi cerebro está atascado en el modo supervivencia. No me da para planificar, organizar y administrar bien el tiempo, solo para sobrevivir con un mínimo de paz mental.

El desgaste emocional lleva a la procrastrinación y a la evitación, así que no todo es pereza. Estaba tan convencida de mi supuesta debilidad que me decidí a ir a terapia por este motivo. El primer día le dije a mi psicóloga: “En realidad, lo que yo necesito es una coach que me ayude a tener constancia y disciplina para alcanzar metas, porque me siento incapaz de conseguirlas”. Las revelaciones que he tenido a lo largo de las sesiones que llevo me han abierto una ventana mucho más amplia. A día de hoy, el motivo por el que me convencí para ir a terapia incluso me parece superficial.

Con todo esto, lo que trato es de abrirme y mandar un mensaje de ánimo a quienes hayan experimentado algo similar: no eres débil, no eres perezoso/a y no es incapacidad o falta de cualidades lo que te ha impedido (por ahora) alcanzar aquello que querías lograr. Llego a la conclusión de lo importante que son dos cosas: 1) tratarnos a nosotros mismos con mucho cariño y respeto, y 2) cuidar muchísimo los mensajes que enviamos a los niños, porque hay palabras que se les quedan para siempre.