Hacer deporte en casa se ha convertido en una de esas cosas que parecen obligatorias de hacer en esta cuarentena.

Puede ser que no hayas pisado un gimnasio en tu vida pero oye, es dejarte unos días encerrada en casa y ponerte a hacer cardio como una loca.

Parece que todo el mundo tenía un rincón en casa que era un gimnasio en potencia, acompañado de un conjunto ideal de la muerte combinado con unas zapatillas nuevas para mover el body. Y oye, que la gente se pone una rutina en Youtube y directas a los Juegos Olímpicos. Las redes están llenas de vídeos de chicas, y chicos, confinadas que recrean las rutinas de ejercicios de los diferentes canales como si las hubieran creado ellas y ellos… Y luego estás tú, en mitad del salón lleno de trastos intentando no perderte en una sesión de Zumba Kids. Sufriendo por el ejercicio y por si algún vecino te está viendo desde su ventana.

Y de repente, aparece Anabel Pantoja intentando no morir siguiendo una clase virtual.  Ahí está ella, en el salón de su casa, con su pelo bufado, su sudor y ese conjunto simple que puedes tener olvidado en tu armario de cuanto te apuntaste a aquellas clases de aerobic. Y te representa, ¡vaya si te representa!

Porque ella puedes ser tú perdiéndote en mitad de la sesión, sudando la gota gorda, sin ochenta mil complementos todos combinados, sin la luz perfecta para que el vídeo quede bonitisimo y luciendo su cuerpo con esa naturalidad que, por culpa de la gordofobia, ocultamos a veces. Anabel Pantoja, con sus oros puestos porque ya sabe una eso de arreglada pero informal, es una de las nuestras. La naturalidad siempre estará por encima del postureo, por mucho que todas hayamos caído rendidas a éste alguna vez.

Anabel y su descoordinación al otro lado de la pantalla me ayudan a sentirme orgullosa de la mía, a venirme arriba después de haberme venido abajo después de no haber podido seguir ninguna clase profesional por muy nivel iniciación que sean. Me ha divertido, me ha hecho reír, y eso, amigas, en estos tiempos es muy necesario.

Ojalá Anabel regalándonos sesiones de ejercicio toda la vida. Y yo lo siento por los entrenadores profesionales, pero yo, a partir de ahora, me muevo en casa al ritmo de Anabel.

Y luego ya me como una hamburguesa sin que nadie me apague la sonrisa porque es mía.