Soy feminista desde que tengo uso de razón, pero como suele sucedernos a muchas de  nosotras, mi propia historia me hizo serlo más si cabe. Durante muchos años fui sometida  a todo tipo de humillaciones, abusos y todo lo que os podáis imaginar. Yo, que siempre  había sido de esa clase de chicas a las que se les llenaba la boca con la frasecita de «a  mi me toca una vez y es lo último que hace». Me quedé después de cada golpe, después  de cada insulto, de cada empujón, de cada amenaza. Porque el miedo paraliza y la red de manipulación ha llegado a enraizar en lo más hondo de ti, por más feminista que seas. 

Testimonios reales en whatsapp, VENTE

Durante años interpreté el papel de novia abnegada, de sumisa -y feliz- por propia  elección, desviviéndome por ocultar al mundo la verdadera cara del que fuera mi pareja.  Mi rol principal consistía en aguantar toda clase de desprecios, hasta que un día todo se  fue de madre cuando mi ex traspasó los límites y sucedió algo demasiado brutal, incluso  para él. Aquel día, supe que tenía que salir de allí si no quería que mis padre perdieran  una hija. 

Y creedme, soy plenamente consciente de que soy una don nadie, que poco podré  aportar a la causa desde mi posición, que la palabra lucha me queda muy grande. Sin  embargo, cada una lucha como buenamente puede y quiero pensar que cada granito de  arena puede suponer mucha ayuda para otras mujeres. Por eso decidí hacerme voluntaria en una ONG para mujeres víctimas de violencia de género de mi ciudad. Me da fuerzas  saber que todo lo que yo pasé y todo lo que pude superar, pueda servir de ayuda a  muchas otras. Me parece una labor muy bonita y necesaria, aunque sería maravilloso que no tuviera que existir. A lo largo de todos estos años, he conocido a muchas personas que se interesan por la organización, personas que quieren prestar ayuda a su manera y  también personas que, curiosamente, se molestan. Como aquel chico que conocí en la  playa. 

Aquel verano estaba con unas amigas, tumbadas al sol como lagartos, hasta que el calor  pudo con nosotras y fuimos a por unas cervecitas bien frías al chiringuito. Allí conocimos a un grupo de chicos súper simpáticos a quienes no dudamos en invitar a nuestras toallas.  

Después de pasar una tarde genial entre baños, cervezas y risas, se nos hizo casi de  noche, pero Tito, uno de ellos -y el que más me gustaba, todo sea dicho-, me dio su  teléfono para volver a vernos y repetir otro día. La verdad es que eran unos tíos muy  graciosos y parecía que teníamos mucho en común, así que un par de días después, les  llamamos para vernos en la playa de nuevo. Y allí estaba Tito, tan genial, tan interesante y tan despreocupado, en mitad de la playa. 

Al igual que la otra vez, pasamos una tarde estupenda, sólo que aquella vez ya empezaba a notarse un tonteo implícito entre ambos. Nos fuimos a dar un baño y cayeron un par de  besos tontos. Cuando estábamos abrazados en el mar, se fijó en mis tatuajes y me  preguntó cuántos tenía. Le dije que nueve, pero que a la vista sólo ocho. Aquello le picó la curiosidad y después de mucho insistir, terminé por enseñarle el noveno; un símbolo de  Venus bajo el lema «GRL PWR» que tengo tatuado casi en el pubis. Cuando Tito lo vio le  cambió la cara, yo pensé que le había dado morbo la localización del diseño, pero resultó  que aquella era una cara de asco como una catedral. No serás una feminista de esas con  pelos en los sobacos ¿no?, me preguntó. Acabáramos. Demasiado bonito para ser  verdad. Mi reino por un buen matojo de pelos en los sobacos teñidos de morado. 

¿Era mucho pedir conocer a un chico ocurrente, gracioso, divertido, interesante, sencillo y que no fuera un gilipollas misógino? Le respondí que no sólo era feminista, sino que era la tía más feminista de entre todas las feministas. El tío no sabía como contestarme sin  escupirme a la cara, así que me soltó la de «yo es que quiero la igualdad, nada de feminismo ni mierdas de esas, ¿sabes?». Yo tampoco quiero agua, Jose Luis, prefiero  H20. Le dije que aquella conversación era total y absolutamente necesaria para alguien  como él, pero demasiado frustrante e improducente para alguien como yo, que además  estaba de vacaciones. Enseñar a mi perro a utilizar el váter requeriría menos tiempo y  esfuerzo. Ambos salimos del agua, arrepentidos de habernos comido a besos hacía tan  sólo unos minutos, deseando que el sol se pusiera para poder irnos a casa y no volvernos a ver. 

Escrito por Mar Martín inspirado en un testimonio real