Teníamos veinte años y estábamos más salidos que el canto de una mesa. Hacía poco que salíamos y teníamos ganas de mambo. Pero aún vivíamos con nuestros padres y la cosa de la intimidad estaba jodida. Y nuestro presupuesto era digamos que magro, pues él trabaja sólo los fines de semana, mientras se sacaba la carrera, y yo estaba en prácticas. 

Habíamos quedado para tomar un café, pero empezamos a besuquearnos y la temperatura empezó a subir. Y aunque intentamos disimular, el dueño de la cafetería nos reprendió por nuestro comportamiento (vamos, que nos echó la bronca) y, muertos de la vergüenza, pagamos y nos fuimos.

Mi coche era un Renault Clio de tres puertas, poco práctico y más difícil para ciertos trabajos que un Simca Mil. Y, además, era aún pronto y había demasiada luz solar como para irnos al espigón. Ir a su casa o a la mía estaba totalmente descartado, primero porque vivíamos a casi una hora de distancia de donde habíamos quedado, y segundo porque tanto sus padres como los míos no habían tenido la necesidad de salir ese día y, seguramente, estaban confortablemente apoltronados en sendos sofás.

Y entonces él recordó que un amigo suyo le había hablado de un sitio en el que alquilaban habitaciones por horas para estos momentos de calentón. Que el amigo en cuestión había hecho uso de un par de ellos y que le había recomendado uno en concreto. Como no se acordaba de dónde estaba, llamó a su amigo y cuando tuvo las indicaciones, subimos a mi coche y para allá que nos fuimos, con la intención de poder dar rienda suelta a nuestra pasión y quedarnos un poco más relajaditos.

Total. Después de liarnos con las explicaciones del amigo y dar un par de vueltas por el barrio, las indicaciones nos llevaron a lo que parecía un garaje privado, sin ningún tipo de cartel ni ninguna pista de que era allí donde queríamos ir. Pero bueno, bajamos la rampa con el coche y en la entrada del parking había un hombre vestido de traje que primero tapó la matrícula de mi poco glamuroso Clio con un trapo y unos imanes y después me indicó dónde podía aparcar. Nada más apagar el motor, vimos que otro hombre rodeaba con una cortina colgada del techo todo el coche. Aquí la verdad es que estábamos flipando bastante, pues el amigo no nos había comentado que este comportamiento fuese normal, aunque por lo visto él había accedido a este local a pie. Un trabajador del local me abrió la puerta y nos dijo que esperásemos allí, que cuando el camino estuviese despejado y pudiésemos acceder al recinto nos vendrían a acompañar. Aquí ya nos empezamos a sentir como espías en una misión super secreta, cuando nosotros lo único que queríamos era echar un casquete. No necesitábamos ir con tanto secretismo ni ocultarnos de nadie (vaya, mi padre estaba un poquito lejos en ese mismo momento), pero si era norma de la casa… ¿Sabéis aquello de allá donde fueres haz lo que vieres? Pues nada, que decidimos portarnos bien y seguir las instrucciones. 

A ver, con la edad y la experiencia, pues ya aprendes de qué va el tema, que los “love hotel” están pensados para tener encuentros sexuales con la mayor privacidad existente, sin tener ninguna sorpresa desagradable… Pero imaginaros a dos pardillos de veinte años en el año 2000. Pues estas cosas no se sabían. Si por aquel entonces me hubiesen preguntado que qué era un “love hotel”, o hotel de citas, no hubiese sabido muy bien qué decir.

Esperamos a que nos viniesen a buscar y nos llevaron por varios pasillos solitarios, pasando puertas que iban abriendo y cerrando con llave, mientras por un pinganillo iba preguntando el señor si la vía estaba libre. La verdad es que, si en un momento dado, hubiese empezado a sonar la musiquilla de Misión Imposible (pan, pan, pan, pirulí, pirulí) no me hubiese extrañado en absoluto. Al fin, llegamos a un pequeñísimo habitáculo con un  mostrador y un ordenador, en el que el recepcionista nos atendió. 

Y empezó a preguntarnos por el tipo de habitación qué deseábamos alquilar y por cuánto tiempo. Habitación normal o de temática. ¿Temática? Tenían diferentes ambientaciones: en la jungla, el salvaje Oeste, bajo el mar, trabajando en la fábrica, el palacio de Versalles, en una nave espacial… No, no, normal y corriente, con una cama ya nos apañamos. A ver, mi novio es de pueblo y práctico. No necesita dar rodeos. Perfecto. Con jacuzzi, bañera de hidromasaje… Un cuarto de baño normal y corriente. Juguetes, accesorios, espejos… No, ella me tiene de juguete a mí y yo a ella. ¿Van a desear tomar algo? Champán y fresas, chocolate y churros, miel y nutella… No. Venimos a… bueno, venimos a lo que venimos, ya hemos merendado. Yo estaba pelín muerta de la vergüenza y él estaba flipando de que para un polvo hubiese tanta complicación. Bendita inocencia. Benditos veinte años…

Por cuánto tiempo desean disponer de la habitación. Pues no sé, lo que tardemos en… ya sabe usted. La ocupación es por horas. Hoy tenemos en oferta el pack de tres horas. ¿¡Tres horas!? ¡Qué barbaridad! Yo creo que con una tenemos más que suficiente, ¿verdad, cariño?

Muy bien, desean pagar en efectivo o con tarjeta. Con tarjeta, por favor, que no hemos traído efectivo. Sin problema. ¿Qué desean que aparezca en el extracto? Una floristería, una tienda de ropa, un restaurante, una ferretería o una tienda de animales. No se preocupen que todas redirigen a negocios que realmente existen en esta ciudad para que no puedan inducir a sospecha si se les sigue el rastro. Verá, es que no tenemos nada que ocultar, somos pareja y sólo necesitamos un sitio tranquilo para estar juntos. Sí, claro, por supuesto, caballero. Nos miraba con cara de “si me pagasen un duro (sí, un duro, era el año 2000) por cada vez que oigo eso”. Una tienda de ropa estará bien. Sí, gracias. Ahora les acompañan a su habitación. En la entrada hay un teléfono que se comunica directamente conmigo. Si necesitan algo mientras dura su estancia, les entra hambre o quieren algún accesorio, sólo tienen que descolgar y les atenderemos en seguida, con mucho gusto. Y cuando deseen abandonar el local, avisan por el teléfono y esperan dentro de la habitación a que les vengamos a buscar, pues nos aseguraremos de que el camino esté despejado para que no sufran ningún encuentro fortuito con otro cliente. OK, de acuerdo…

Llegamos a la habitación y cuando cerramos la puerta nos miramos con cara de madre mía y luego nos hartamos a reír. Aunque la líbido había bajado un poquito con todo el jueguito de espías, la edad y las ganas nos volvieron a poner a tono. Cuando ya estábamos en la cama acariciándonos empezamos a oír gritos. Bueno, gritos, jadeos más bien. Vamos, que la persona que los estaba emitiendo no estaba sufriendo ningún daño precisamente. Podías estar seguro de que se lo estaba pasando muy bien.Nos volvimos a reír y seguimos a lo nuestro. Pero los gritos cada vez eran más y más fuertes. Mi novio me dijo que si yo quería gritar, que no me cortase, pero es que yo siempre he sido muy discreta en estos lances, de guardármelo dentro porque así, cuando llega el momento, me resulta más intenso, si no he ido soltando adrenalina en forma de gritos. Me volvió a preguntar si no quería gritar, que iba a parecer que yo no me lo estaba pasando bien  y él no sabía hacer su trabajo. Pero, cariño, qué más nos da lo que piense gente a la que no conocemos ni vamos a ver. Pero vamos, que si te hace ilusión yo grito. Y grité, por darle contento. Y nos pareció tan falso que nos volvimos a  partir de la risa y decidimos no volver a gritar.

Satisfechos nuestros instintos más carnales, nos dimos una duchita y nos vestimos. Y él llamó por teléfono y dijo: que ya estamos. Hombre, cari, podrías haber sido menos explícito. Pero bueno, nos vinieron a buscar y nos acompañaron hasta el coche, sin que nos cruzásemos con nadie más. Cuando estábamos a punto de subir la rampa del garaje para salir al exterior apareció otro coche por la derecha, que tomó la rampa justo delante nuestro. Salimos a la calle, paramos en un semáforo, giramos a la derecha y el coche de delante también y unos metros más adelante vemos que se aparta a un lado de la calle. Yo seguí para delante y rebasé el coche. En ese momento, los ocupantes del otro vehículo se taparon las caras con las manos y después siguieron camino detrás nuestro pero en el siguiente cruce tomaron otra dirección. Sí, se creían que les estábamos siguiendo. Madre mía, sólo queríamos echar un polvo y parecía que habíamos estado metidos en una peli de espías.

Morticia Addams