Hola a tod@s. Al final me he animado a escribir mi situación. Es algo complicada, pero siempre leo vuestros consejos y espero que me podáis ayudar a mi también.
Nos conocimos el primer día de instituto. Fue una conexión que tan solo podría describir como amor a primera vista, aunque no crea en esas cosas. Cuando entré en clase, él ya se encontraba allí. Segunda fila, pupitre del pasillo. Le miré, me miró. Y me enamoré al instante.
Fue mi primer amor. Antes de él hubo chicos que me atrajeron puntualmente, pero nada parecido. Era alto y moreno, tenía una sonrisa torcida que yo encontraba adorable, y siempre que hablábamos mis piernas temblaban como si fuesen gelatina. Estaba coladita hasta las trancas.
Por mensajes, hablábamos todas las noches. Eran conversaciones largas y profundas que hacían sentirme unida a él de una forma que nunca había sentido antes. Cara a cara… era otro asunto. Él intentaba acercarse a mi y tener ese mismo contacto más allá de la pantalla, pero a mí esa conexión me hacía sentir vulnerable y débil, muy consciente de mí misma.
Fueron años complicados.
Este amor me pillo en plena adolescencia, en una etapa de cambios para los que no estaba preparada. Siempre he tenido una baja autoestima, soy muy exigente conmigo misma y también bastante insegura. Pero aún y todo, he tenido la suerte de que la genética me bendijese con un cuerpo alto y delgado y una cara medianamente decente, así que mi físico no fue algo de lo que me preocupase.
Hasta que llegó él.
Sentía que cuanto más hablásemos, más me conocería y acabaría descubriendo que en realidad no merecía la pena.
Estábamos juntos en clase y nos veíamos a diario, así que cada día se convirtió en una tortura: la ropa que me ponía, como me peinaría para tapar mis orejas de soplillo, estar siempre pendiente de colocarme a su izquierda porque la derecha era mi ángulo bueno… Enamorarme de él me destrozó la autoestima, y fue todo culpa mía, porque él jamás me dio ningún indicio para hacerlo. Es más, siempre me decía lo preciosa que era, que era muy afortunado de ser amigo mío y que cualquiera estaría encantado de tenerme. Pero a mi eso más que reconfortarme, me asustaba.

Se preocupaba mucho por mí (yo de él también, pero la novedad aquí era que alguien lo hiciese por mí). Yo le quería, aunque creo que lo ocultaba bien y probablemente él no lo supiese. Pero yo, con ese sexto sentido que tenemos las mujeres, sí creía saber que él me quería a mí. En el fondo, lo tenía claro. Pero sus acciones… no lo demostraban. A lo largo de todo el instituto siempre anduvo detrás de otras chicas, y siempre acudía a mí en busca de consejos para «conseguirlas». A mí me dolía, pero siempre acababa ayudándolo, y de alguna forma que a día de hoy no sé explicar, me consolaba fantaseando que en realidad me quería a mí. Pero los años pasaban y eso nunca ocurrió. Yo siempre era la compinche, nunca una opción. Era evidente que estaba equivocada, y al final, me harté.
Una vez más a través de la pantalla, el verano después de acabar instituto, exploté. Le solté que siempre me había gustado y estaba harta de ayudarle, que lo sentía porque sabía que él no sentía lo mismo, pero que debía decírselo porque no quería seguir así.
Mi corazón iba a mil por hora a medida que pasaban los minutos y esperaba una respuesta. Pero tras años tragándome mis sentimientos, sentí que me había quitado un peso gigantesco de encima.
Sin embargo, aquella libertad duró muy poco, porque la respuesta que recibí no fue la que esperaba: él también se había sentido siempre así por mi, pero pensaba que yo no lo veía más que como un amigo.
Yo no me lo creía. Entonces, ¿qué hay de todas aquellas chicas? ¿Y mi mejor amiga, de la que llevaba meses oyendo hablar?
Eran una excusa para hablar conmigo.
Yo no supe que decir, y él me pidió quedar para explicármelo todo.
Resumiendo: al final parece que mis fantasías eran ciertas. Pero después de tantos años a la sombra (y probablemente también influenciado por mi baja autoestima, muy trastocada a estas alturas), yo nunca acabé de creerme que realmente me quisiese. A los 3 meses, rompí con él. No soportaba la presión, ni sus intentos de acercarse a mi, ni la forma en que me miraba. No quería que me tocase, no quería que se diese cuenta de que aunque fuese delgada, también tenía pliegues en la cintura. O granos. O una pequeña mancha en el ojo. O un pecho apenas existente. Estar cerca de él me generaba una ansiedad que apenas me dejaba respirar. No dormía, no comía, cada mañana me despertaba y encontraba más defectos que ocultarle.
Y tras muchas miradas dolidas por su parte e incluso alguna cobra por la mía, decidí que se acabó. Es hoy en día cuando me doy cuenta que cuando me confesé, lo que en realidad quería probablemente fuese un cierre, un final para aquellos largos 4 años de espera e incertidumbre.
Sabía que le dolería, porque veía la forma en la que me miraba, como si fuese una criatura mitológica, un ser inalcanzable que fuese un milagro que quisiera estar con él. Y lo odiaba, pero sabía que era culpa mía, porque siempre había tratado de mostrarme así ante él; perfecta.
Pero obviamente nadie lo es.
Acabó de la misma forma en la que empezó: por mi parte, y a través de una pantalla. Quería dar la cara y hacerlo en persona, pero fui cobarde. A su lado siempre me ponía tan nerviosa que me daban ganas de vomitar.
Su respuesta fue lo más doloroso que nadie me ha dicho jamás. Que si tenía un corazón de piedra, que era fría y distante, una cobarde, que le había dado falsas esperanzas, que era una mentirosa, que sabía desde el principio que era imposible que lo quisiese, y que le había demostrado que tenía razón… que el se había dedicado en cuerpo y alma a tratar que funcionase y yo no había hecho el más mínimo esfuerzo. No se cómo me sentí en su momento, aunque ahora en retrospectiva lo recuerdo con amargura. Fue una transformación para la que no estaba preparada. Aquel chico tan dulce se convirtió en mi peor enemigo. Me odiaba. Estaba resentido y solo me guardaba rencor. Puso a nuestro grupo de amigos en mi contra. Me insultaba a mis espaldas, me hacía feos a la cara. Y yo (estúpida y hundida), me callaba. Porque pensaba que me lo merecía, porque me sentía culpable de todo aquel lío, y porque — como él bien me había dado a entender– la «mala» (porque fui yo quien lo dejó a él) era yo.
Perdí amigos, la confianza en mi misma, y años que se suponía que serían los mejores de mi vida.
Desde entonces, hemos tenido nuestras idas y venidas. Nos reconciliábamos, nos enfadábamos… y vuelta a empezar. Las discusiones siempre eran las mismas: su resentimiento, mi distancia. Decía que trataba a todos genial menos a él, que era el único con el que era incapaz de entablar una conversación normal. Visto en retrospectiva, creo que tenía razón.
Al final, la universidad nos distanció. Nos fuimos a estudiar a ciudades diferentes, y no hablamos por años.
Hasta ahora, a punto de terminar la carrera. Nuestro grupo de amigos retomó el contacto. Me animé a salir varias veces con ellos, pero casualidad o no, él nunca quedaba cuando iba yo. Y aún más extraño, me decepcionaba. Quería verle.
Nos reencontramos esta nochevieja, cuando salimos todos juntos de fiesta a celebrarlo. Él y yo mantuvimos las distancias y no hablamos más allá de un «vas bien?» y «pásame la botella» bastante cordiales, pero no me importó. Lo que quería era pasármelo bien, y lo disfruté mucho con todos. Al final de la noche, iba un poco borracha y quería ir andando a casa para que me diese un poco el aire. Es una caminata bastante larga pero el camino está bien iluminado y no tengo ningún problema en ir sola, pero para mi sorpresa, él se ofreció a acompañarme. Al principio fue muy, muy incomodo, pero después fue… genial. Como aquellas conversaciones que teníamos de niños a través de la pantalla, astutas, absorbentes y honestas; con la diferencia de que aquello era cara a cara, mirándonos a los ojos y escuchando la risa del otro. Supongo que ambos hemos crecido y, sobre todo, que a mi ya no me carcomen los nervios junto a él. Cuando llegamos, no supe muy bien que hacer. El chico me había acompañado hasta mi casa y tendría que tragarse otra hora de caminata en solitario hasta la suya por ello, me pareció muy frio despedirme con un simple adiós, así que tras darle las gracias, lo abracé.
Era el primer abrazo que nos dábamos nunca. Fue extraño. Nos miramos un segundo de más antes de que él se diese la vuelta para marcharse, y me sonrió con aquella sonrisa de dientes torcidos. Aquello no había cambiado.
Nos hemos visto pocas veces más desde entonces, y en todas me he quedado igual: con ganas de más. Una parte de mi quiere retomar el contacto, y sin embargo, cuando me imagino un futuro junto a alguien (siempre he sido una romántica), nunca es a su lado. Cuando me imagino mi primera vez, o haciendo cosas de pareja… Imaginármelo a él me produce un rechazo involuntario. Mi autoestima (que tanto me ha costado trabajar) vuelve a empequeñecerse, no quiero que me toque, y no quiero que me vea desnuda. Ya no siento que el problema sea yo, me veo con la confianza suficiente de hacer todo eso con un chico que me guste. Pero no con él.
He ahí el dilema. No lo entiendo. Creo que en el fondo, siempre lo veré como algo más que un simple amigo (han pasado casi 10 años y aún sigo pensando en él), pero por causas que tampoco entiendo, no quiero cruzar ere límite. No sé si yo le gusto o no, nos hemos distanciado lo suficiente para que tenga mis dudas al respecto. Pero veo la forma en que me mira, y veo la conexión que tenemos. Esa sigue siendo la misma. Es la única persona a la que he querido nunca, y no se qué hacer. No se cómo sentirme al respecto. No se si dejar fluir mis sentimientos y ver cómo acaba la cosa; o ponerme limites porque ya se ha demostrado que somos incapaces de tener una relación como es debido. No sé nada. A estas alturas cargamos con demasiada historia a nuestras espaldas.
Muchas gracias por leer mis palabras, si has llegado hasta aquí, te lo agradezco de corazón. He resumido muchas cosas pero es una situación que abarca casi 10 años de mi vida y hay mucho que contar.
Puede que esto sea más un desahogo que algo que se pueda contestar, pero leeré vuestras opiniones con interés y consideraré las sabias palabras que ofrecéis siempre.