Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hola. Soy M. y hace una semana enterré a mi madre.
Mi madre tenía obesidad mórbida y una muy mala relación con la comida que nunca fue capaz de controlar.
Murió por una enfermedad crónica que se complicó. No fue por el peso, aunque a la gente parece que le cuesta creerlo.
En el tanatorio no faltó el comentario típico. Que si debería haberse cuidado más, que si era normal con ese peso, que si el cuerpo al final pasa factura.
Me pareció surrealista que algo así sucediera en un entorno como un tanatorio, mi madre tenía 70 años era joven para morirse pero oye ni con esas te libras, ni muerta te libras de que se hable de tu peso.
Pero lo peor no fue eso.
Lo peor fue que cuando llegamos al tanatorio nos dijeron que no había ataúd para ella
“Los modelos que tenemos no sirven, señora, habría que pedir uno especial”.
Tardaron ocho horas en traerlo. Mientras tanto nos insinuaron que quizá lo mejor era incinerarla. Porque claro, eso era más rápido.
No sabéis la rabia que da que traten a tu madre como si fuera un problema logístico.
Como si no cupiera ni en la muerte.
Al final trajeron el ataúd y pudimos despedirnos de ella como merecía. Pero a mí se me va a quedar grabado ese detalle para toda la vida.
La gordofobia llega tan lejos que ni cuando mueres te dejan en paz.
Mi madre no era una gorda que no se cuidó y merecía morirse.
Era mi madre.
Y se merecía respeto.
