Después de haber quedado con el chico con el que medio salía (el vikingo en cuestión) en que era mejor dejarlo porque yo quería una relación y él no se veía preparado, conocí a otro tío. Por supuesto guapo, dulce, graciosete… Ya tú sabes.
Y, oh, magia. Fue verme el vikingo con el nuevo y venirle todo el amor de golpe. De repente, todo lo que antes era «no puedo hacerte feliz, te mereces a alguien que pueda darte lo que necesitas» se convirtió en «quiero estar contigo, siento haber sido tan gilipollas, déjame reconquistarte». Y una que es tonta, se lo cree. O por lo menos quiere hacer el esfuerzo por creérselo porque el vikingo le encanta, para qué mentir.
Así que quedamos para tomar algo y la situación no podía ser más tensa. ¿Cómo le saludo? Dos besos, ¿no? Al fin y al cabo ahora mismo no somos nada, aunque lo hayamos sido y puede que lo volvamos a hacer. ¿Le cojo de la mano? Para, loca, ni se te ocurra. ¿Y de qué le hablo? ¿Saco el tema clave o nos dedicamos a hablar de chorradas durante dos horas? Chorradas, por supuesto, para qué vamos a hablar de nada serio si está tan claro todo… (ironía modo ON)
Y acaba la cita y no hay ni manita, ni beso, ni conversación profunda, ni hostias en vinagre. Sólo quedo yo entrando en casa más confusa de lo que salí.