Siempre he sido la gorda.
En cualquiera de los ámbitos que puedas imaginarte. En mi pandilla de amigos, la amiga gorda. En mi familia, la prima gorda, la sobrina gorda. De las dos hermanas, yo era la gorda. En el trabajo, la chica “gordita” como si hacer diminutiva la palabra, haría que pesara menos.
La gorda suprema, allá donde fuera, siempre era la gorda.
Lo peor siempre ha sido que la gente ni se corta un pelo, y se cree con derecho a opinar siempre de todo:
“cariño, si de cara eres monísima”
Y mientras a mi se me pasaban mil contestaciones tipo: “y eso que no me has visto el culo”, pero no, yo callaba, asentía y sonreía.
Cuando era más joven, en los botellones, yo era la que sujetaba los abrigos, y cuando alguien me hablaba era para preguntarme si mi amiga tenía novio. Sí, toda gorda tiene una amiga a la que le caen los ligues como moscas a la miel. Era la que no iba a la playa con su grupo de amigos, y tampoco me quitaba la chaqueta si salíamos a algún sitio.
A base de tantos bofetones disfrazados, pues decidí anticiparme. Me aprendí todos los chistes de gordas y los soltaba yo primero. Era mejor reírme de mi misma que esperar a que se rieran de mí.
Pero adelgacé por varios problemas de salud, así que no tuve más remedio que ponerme en manos de profesionales y perder peso. Y no valían más mis propias excusas.
Y cuando lo conseguí, pasó algo curioso. Los que antes me ignoraban, ahora me saludaban. Los que se reían de mí, ahora querían quedar para ponerse al día. Y los que me llamaban simpática, ahora me decían que estaba muy guapa
Y pensé: “ahora se van a cagar todos”
Pero mira tú por donde… no lo hice, y no fue por falta de ganas. Porque aprendí que el cuerpo cambia, pero lo de dentro no. Y yo que había pasado muchísimos años en “el pozo de los complejos” no iba a meter dentro a nadie más. Porque se lo que duele estar en el punto de mira, fingir que te da igual y sé lo que cuesta levantarte cada día en un cuerpo del que todo el mundo tiene algo que opinar. Porque yo he estado ahí y no pienso devolver el daño que me hicieron.
No voy mirando por encima del hombro a nadie, ni voy repartiendo zascas aunque podría, también tengo que decir que ganas no me faltan.
Porque al final, la venganza de verdad es estar bien contigo misma y no convertirte nunca en el cabrón o cabrona que te jodió.
Eso sí, ahora cuando se me acerca alguien que algún día me hizo el feo con un: “que guapa, como has cambiado, a ver si algún día nos tomamos algo” yo toda digna contesto: “¿y tú sigues siendo igual de gilipollas o has cambiado también?
Y me largo de ahí con toda la seguridad que antes fingía tener. Solo que ahora, es de verdad.
Pi Quemasdá
