Luego, cuando alguien le dé a la niña un simple caramelo (gelatina), un helado, un poco de mahonesa casera hecha con huevo, un quesito o un alita de pollo, que no se queje si la cría pide más.
He tenido que tratar con niños de padres veganos (de esos que los padres te dicen «mi niño es vegano por elección como yo», pero la cruda realidad es que lo es por imposición) y en cuanto a la criatura le daban a elegir entre «fantasía de verduras con aliño especial de mamá» o la pizza de bacon y queso, la pasta con queso, UNA SIMPLE TORTILLA DE JAMÓN, pasaba como en el vídeo de la otra cretina que quería demostrar que su perro es vegano y el pobre animal se lanzaba a por el paté muerto de hambre y a la ensalada que le diesen por saco. Los niños hacían igual, todos, siempre. Tiraban a la carne, leche y huevos y ponían hasta los ojos en blanco. Y los estúpidos de sus padres «no, no, Juanito, Merceditas, no, que eso está hecho con pollitos, eso está hecho con cerditos, ¿quieres matar un cerdito? Mira, mira en el móvil, que te pongo un vídeo de cómo matan a un cerdito, mira». Y el crío zampando y diciendo «sí, ahora lo miro».
Veo perfectamente bien que un adulto se haga vegano si le place. Veo muy bien comer más verduras-frutas-legumbres-semillas y menos carnaca y grasa. Pero un niño está creciendo, está formando su cuerpo, necesita una alimentación potente de la que sacar materia. Y necesita libertad, no imposiciones. Luego decimos «aaagh, qué asco las religiones que les imponen a los niños», pero luego llega un pihippi (pijo hippi) a IMPONER a su hijo -y de paso a toda la familia, porque, claro, no puedes hacer una barbacoa y comer cadáver delante de ellos, ugh, qué asco- todo un estilo de vida que puede redundar en carencias alimentarias y hay que decir que está bien.