A pesar de renegar mucho tiempo de la textura de mi pelo, hoy estoy orgulloso. Como suele pasar con la genética, procedo de una larga línea de pelos crespos. Mi padre siempre ha repudiado sus rizos, y por ende, los míos.
Uno de mis ritos de infancia menos favoritos era el habitual rapado con maquinilla. Ya de crío era un espíritu libre y, sin saber muy bien por qué, sentía que el corte de pelo impuesto era un atentado a mi autonomía.
Tampoco es que me pueda quejar de mala gestión parental en ese aspecto. En cuanto pude mantener mi criterio capilar, me lo permitieron. No tardé mucho en abandonar el pelo largo y rizado tras los ataques de compañeros de colegio. En aquella época, lo último que necesitaba eran apodos como pelopolla o escarola.
En cuanto alguno de los rizos empezaba a marcar la forma del peinado, me llovían parecidos inverosímiles: Bob Dylan, Garfunkel o McEnroe fueron algunos de los que me sacaron mis mayores. El año que Daniel Diges llevó a Eurovisión su “Algo chiquitito”, se convirtió en una banda sonora involuntaria más de lo que me habría gustado.
Más crío era también más sensible a comentarios y comparaciones. Conforme pasaron los años, aprendí a reconocer qué comentarios debía dejar que resbalaran. Encontré el gusto en la forma de mi pelo. Aprendí a aceptarme. Incluso durante un tiempo, lo utilizaba como emblema revolucionario.
Empecé a dejarme el pelo largo. Lo que antes me hacía sentir diferente e inadecuado, ahora me hacía sentir distinguido y singular. Descubrí la libertad salvaje de sentir mi melena mecida por el viento. El orgullo cuando me soltaba el pelo y lo agitaba, como si fuera una escena de película a cámara lenta. Con el tiempo también he sentido alivio: no es raro quedarse calvo a mediana edad. Para mi sorpresa, cada vez casi parece que tengo más pelo, en lugar de menos.
Aunque haya aprendido a querer mis pelos tal cual son, también tengo que admitir que una gran melena no trae solamente ventajas. Un gran volumen conlleva una gran responsabilidad. Cada vez más a menudo me recojo el pelo en moño o coleta para no tener que estar retirándome mechones de la cara constantemente. Mantener el contacto visual o incluso la concentración son tareas complicadas cuando se cierra sobre mí una cortina de pelo rizado.
También he podido descubrir por mi experiencia lo real de la expresión “para lucir hay que sufrir”. Reforzando su largura y espesor, mi cabello ha adquirido vida propia. Peinarlo cae en saco roto. Si no me acabo de lavar el peso, no cambiará de forma más que durante un rato. Los nudos se han convertido en una molestia común, y acabo cepillándolo a menudo para no ir perdiéndolo por el camino. Hablando de pérdidas, me he llegado a sentir como árbol caducifolio o animal peludo. Aunque sienta que cada vez tengo más pelo, es innegable que parte de él se va desprendiendo de mí. Cada vez que barro y friego siento como si tuviera perro o gato, pero todos estos pelos solamente vienen de mi cabeza. Nunca había pensado que pudiera desprender tanto pelo, y que el pelo fuera tan incómodo para tantas cosas.
Teniendo todo esto en cuenta, prefiero llevarlo largo. Será que tengo más de un pelo de tonto. Y vosotras … ¿Tenéis preferencias sobre el largo del pelo? ¿Trucos para cuando se descontrola demasiado? ¿Qué opinión os merecen los chicos con el pelo largo?
