He de tragarme mis propias palabras, pero esta vez no queman como cuando el mar te revuelca y su agua te atraganta. No queman como aquel hierro que inducido por la equivocación atraviesa la garganta y roba el argumento, no, sino un trago que libera, un buche de paz.
El propio existir es una marea,y la meta no es llegar a la orilla sino mantenerse a flote, encontrar la boya correcta a la que agarrarse,o mejor, ser tu propia boya.
Entender la braveza del mar, o mejor, atreverse a jugar con ella.
Entender que el salitre escuece en la herida, o mejor, dejar que cure.
Y si en mitad de la nada me encuentro una balsa, subirme en ella.
Porque aunque parezca inestable y eso aterre, al fin y al cabo me acabaría arrojando al mar, que es de donde vengo.
Y yo me he convertido en mi propia boya.
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Autorectificación.
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