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Fui un chaval radical y así me dejé comer la olla
Somos animales sociales, y como tales, la pertenencia a un grupo está entre nuestras necesidades. Eso no excusa pero sí explica la radicalización en la juventud. Cuando era un adolescente, sensible y lleno de energía, que sentía que no encontraba su lugar en el mundo, yo mismo entré en un grupo de extrema derecha.
No recuerdo tan bien la época como el sentimiento. Buscar el sentido cada día a cada estímulo, como pollo sin cabeza. La intensidad más alta que la precisión. Quería saber lo que era sentirme vivo. Eso me llevo derrapando a salirme de los márgenes de lo convencional para atrapar emociones fuertes.
Mucho de mi recorrido salvaje lo hice en solitario, al fin y al cabo se llaman tendencias antisociales por algo. Sin embargo, una parte de mi adolescencia seguía buscando a su tribu. Su pandilla. Su familia elegida. Habiendo idealizado películas de moteros, criminales y de narcotraficantes, mi criterio no era el mejor.
Una tarde acabé quedando con un grupo de chavales, algunos ya casi señores, que giraba en torno al activismo social patriótico. Se ponían muchas banderas de España de las antiguas, sin ser nada de eso ellos. También se hacían muchas bromas nazis, todas con la aclaración posterior de que no eran nazis.
Entre los memes y las cervezas, estuve un par de años frecuentando a esa gente. Como anarquista de corazón, tampoco me encantaron las reglas ni el orden y fue más una excusa para berrear cosas con gente tan perdida como yo. Pronto esa etapa me parecía una anécdota ácida. Cuando encontré mi tribu de verdad, la el grupo de gente que resonaba conmigo y puedo considerar mis amigos, comentaba la experiencia como chascarrillo.
Aunque sienta que ha pasado una vida desde entonces, también recuerdo otras cosas. El discurso afilado entre charlas de beodos que se alejaba del humor negro e incidía en el odio. La gente que compraba emblemas y parafernalia militar, porras extensibles o spray lacrimógeno. Las sombras dentro de los individuos dentro de los grupos que se cansaban de colgar pancartas y se planteaban salir de caza.
Hoy me alegro de no tener nada que ver con este entorno, pero sigo viendo que la amenaza es muy real. Las persecuciones y palizas no han quedado en deporte de ultras y descerebrados. Hay movimientos políticos organizados que se respaldan en actitudes y acciones de matones. En un panorama social y económico tan desolador para los jóvenes, los grupos radicales ofrecen promesas violentas a los “niños perdidos” de cada generación.
Tanto grupos terroristas como bandas criminales y hasta ejércitos prefieren reclutar soldados jóvenes porque son más fáciles de captar e influenciar. Los grupos violentos que utilizan la política y el fútbol como pretexto emplean las mismas tácticas. La rabia, frustración y el futuro por delante de los jóvenes son el combustible que utilizan para radicalizarlos.
Como adolescente que ha sido difícil de tratar, ánimo a dialogar con ellos. Mostrar interés por qué contenido ven en Internet, saber qué opinan, cómo les hace sentir el estado actual de las cosas. Contar con la posibilidad de expresarse con libertad y a la vez seguir siendo aceptado y respetado permite crear espacios comunes seguros.
Tío Vivo
