No sé muy bien cómo contar esto para que se entienda bien.
A ver, hace muchos años, allá por 2001, había un chico en mi barrio. Tendría unos 20 años. Era conflictivo, el típico nini; mala persona, ni siquiera terminó la ESO. Lo curioso es que su familia era completamente normal: los padres, muy trabajadores; el hermano mayor estaba en la universidad y la pequeña en el instituto, y además era buena estudiante.
Recuerdo que una vez me vio salir del instituto y le dio por seguirme. Eran las tres de la tarde y empezó a gritarme: «¡fea, fea, qué asco de tía, qué asco me das!». Estuvo así un buen rato, siguiéndome. Yo tenía 17 años y él 20, imagínate. Y sus amigos riéndose y aplaudiendo. Ese era él.
El caso es que estaba saliendo con una conocida y, un día, se le fue completamente la cabeza. Pensó que ella le estaba engañando (cosa que no era cierta) y la agredió. Fue algo serio: ella acabó en el hospital con la nariz rota. Imaginaos el revuelo en el barrio. Hubo juicio y, aunque no llegó a entrar en la cárcel, todo el mundo lo sabía y algunos incluso le increpaban, porque su exnovia era muy querida.
Al final, la madre decidió enviarlo a Bélgica, donde un tío suyo tenía un taller en Bruselas, a ver si así lo enderezaba.
Parece que, en cierto modo, funcionó: estuvo allí muchos años y luego volvió al barrio, donde se hizo cargo del traspaso de un taller que cerraba. El problema es que ahora ha empezado a salir con una buena amiga mía. Ya tienen los dos 46 años. Ambos están divorciados; él tiene dos hijas que viven en Bruselas.
Mi amiga me dice siempre que con ella se porta genial, que tiene muchos detalles… pero yo no me fío. Con lo que yo vi y lo que pasó en su momento, me cuesta creer que alguien así cambie tanto. Aun así, ella no quiere oír nada más del tema; de hecho, me ha pedido que no vuelva a sacarlo porque empieza a hartarse.
Y claro, ahí estoy yo: sin saber si preocuparme de verdad o si simplemente estoy viendo fantasmas. Pero mi instinto me dice que no.
