Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hola a tod@s,
Este foro y vosotros sois geniales, así que hoy vengo a desahogarme con vosotras, pero también a plantearos una reflexión.
¿Cómo puede un hombre que casi quema a una niña de 4 años tener la desfachatez de decirme que no toque a su hijo? ¿Y cómo es posible que entre cientos de personas, nadie se atreviera a intervenir?
¿Estoy equivocada por haber reaccionado como reaccioné? ¿O era inevitable cuando ves peligrar la vida de tu hija?
Todo pasó en un desfile en Murcia. Íbamos a recoger juguetes que lanzaban las carrozas. Mi hija, ilusionadísima, iba a caballito sobre mis hombros. Estábamos en primera fila, pero nos fuimos moviendo entre carrozas. En una de esas, los sardineros pasaban con antorchas encendidas y este energúmeno decidió empujarme para coger un juguete. Perdimos el equilibrio. Yo con mi hija a hombros casi nos caemos encima de una antorcha.
Mi primera reacción fue preguntarle si le parecía normal empujar a una niña pequeña por un maldito juguete. ¿Su respuesta? Que si no quería que me volviera a empujar, que me apartara. La situación escaló hasta que acabé discutiendo con él, mientras su mujer me zarandeaba del brazo, su hijo adolescente me empujaba hasta tres veces y él me gritaba a centímetros de la cara.
Cuando el adolescente volvió a empujarme fuerte, agarré su sudadera y le grité que no me tocara más o que me defendiera. Y entonces su padre saltó amenazándome con partirme la cara.
¿Y sabéis qué?
Nadie.
Nadie movió un dedo.
Nadie vino siquiera a decirme: “Vete, mejor.”
Todos mirando, como si una mujer siendo agredida mientras protege a su hija fuese lo más normal del mundo.
Hoy me siento triste, culpable por no haberme ido antes, enfadada conmigo misma por haber expuesto a mi hija… pero también orgullosa.
Orgullosa de que mientras otros empujaban a niños, mi familia, sentados en sus sillas, cedían sus asientos a otros pequeños para que pudieran ver el desfile.
A veces defender lo que amas te pone en la línea de fuego. Pero no me arrepiento de haber alzado la voz.
No pienso enseñar a mis hijos a callar ante la injusticia.
Gracias por leerme.
