Leí hace algunas semanas un texto en esta misma web en la que una chica comentaba que su pareja se quería hacer la circuncisión porque un colega se la había hecho y ahora «aguantaba más». Semejante idea provocó que me lanzara a aclarar algunos aspectos importantes sobre esta intervención quirúrgica.
Hasta hace no demasiados años, se hacía por defecto a todos los niños para así quitarse un posible problema de encima. Curiosamente, en la mayoría de los pueblos del interior, no era así, ya que muchas abuelas le daban al bebé «la pichurra y el biberón». Es decir, le quitaban el pañal y le ponían la mano sobre el pene. El niño, como cualquier otro animal, iba estirando la piel y se operaba él solito y sin necesidad de usar el bisturí.
El paso del tiempo provocó que la anterior práctica fuera considerada una animalada, ignoro por qué si se hace en la casa de cada cual, y se apostó por operar a diestro y siniestro sin intentar una solución tan natural como comprobar si, realmente, es necesario cortar el prepucio o no. Basta con retirar la piel y con comprobar si el glande queda fuera sin que la piel lo oprima demasiado y sea posible la penetración. Incluso hay a la venta unos anillos para retener el retroceso de la piel y conseguir así que la situación se corrija.
Si realizada la prueba resulta imposible tirar de la piel hacia atrás, hay que operar. El proceso es simple, apenas provoca unas molestias durante una semana y el resultado sí que influye, directamente, en las relaciones sexuales. Si se aguanta más es, precisamente, porque se pierde muchísima sensibilidad en el glande al estar continuamente expuesto y en contacto con la ropa interior.
Siempre pongo un ejemplo al respecto. Al caminar, los brazos adoptan una postura que hace que el sol, y los agentes externos, afecten directamente a la piel de la zona exterior, pero la parte interior de los antebrazos está más protegida. Basta con pasar un dedo por la parte externa y otro por la interna para comprobar cómo cambia la sensibilidad.
Al operarse, las sensaciones durante el sexo oral y la penetración son totalmente distintas. De hecho, es como si no tuvieras pene y como si aquello no fuera del todo contigo. Quizá se elimine la molestia de subir y bajar la piel, pero el cambio suele ser negativo, salvo excepciones.
Pero no todo va a ser quejarse. La operación evita la acumulación de suciedad en el glande, ahora expuesto, y facilita la higiene evitando así que los restos de esmegma generen un olor desagradable. Estéticamente, estamos más acostumbrados a un pene circuncidado y parece más bonito que uno por operar. Asimismo, los penes no intervenidos son más proclives a mantener, y a contagiar si no se usa el preservativo, el VPH. Las revisiones urológicas, y los análisis de sangre, son las dos mejores medidas para comprobar que todo va bien.
Por lo tanto, operarse por estética depende de cada cual, pero es conveniente hacerlo bajo prescripción facultativa exclusivamente. La observación de irregularidades y las pruebas médicas ayudan muchísimo a tener un pene sano, más sensible y en perfecto estado.