Texto enviado por una seguidora a [email protected]
He tenido un aparatoso accidente de trabajo, el segundo en dos meses, y la mutua de mi empresa me ha derivado en ambos casos a una conocida clínica de mi ciudad para las revisiones, recuperación y tal. Y si algo tenía claro después de haber acudido en numerosas ocasiones a citas varias, es que lo mejor es ir a primerísima hora, pues aunque te den cita para un día concreto, va por orden de llegada. Pero por cuestiones logísticas hoy he llegado casi a las 11 de la mañana. Se avecina la tragedia.
Paso por información y me dice la simpatiquísima muchacha, con su cara de tener ganas de vivir (guiño, guiño, codazo, codazo) que tengo como a 14 personas delante mía. Casi hago un grupo de Whatsapp para despedirme de los míos para siempre. Luego he caído en la cuenta del por qué la de información tenía esa cara de estreñida, y es que se ve que se saltó las clases cuando aprendieron a contar hasta 20, porque a todo el que llegaba detrás mía le decía: «vas a tener que esperar, hay como 14 personas delante». Pobrecita ¿quién soy yo para juzgar su amargura?
Yo, consciente de que probablemente tendría que pernoctar en la sala de espera, entro y no miro a nadie, como de costumbre. No pido la vez. Nadie lo hace porque va llamando la doctora por orden de llegada. Así que a lo mío, que yo tengo mucho mundo interior. Hasta que después de un rato de espera se escuchan rumores por información de que se ha caído el sistema. Nadie quiere preguntar pero todo el mundo mira de reojo, poniendo el oído, a ver qué dice la recepcionista que no sabe contar hasta 20. Y dado que por mi suerte en estos últimos meses mi esperanza de vida no parece que vaya a ser muy larga, me hago la idea de que igual perezco en la sala de espera.
Seguimos esperando y sale un paciente de la sala 10, acompañado de la doctora, que entonces pronuncia la frase que podría desencadenar la Tercera Guerra Mundial: «Se ha caído el sistema y no van los ordenadores… ¿Quién va?» TRAGEDIA. Todos empezamos mirarnos como Clint Eastwood mira a sus enemigos en las películas del oeste. Creo que todos hemos pensado: «tonto el último». Pero un muchacho que se ve más observador parece que se ha quedado con quienes han llegado después de él y quienes estaban antes y establece un orden que todos aceptamos sin rechistar porque es eso o liarnos a palos unos con otros. A mí me dice: «tu vas detrás mía» y yo he pensado: «lo siento chico, no eres mi tipo». Hasta que me he dado cuenta que era para entrar a consulta. Lo acato sin protesta.
Seguimos esperando. Se sigue escuchando a la recepcionista agradable decirle a todo el mundo que tiene como 14 personas delante. Yo veo que la cosa va menguando, pero quién soy yo para abrir la boca. A lo mío, que solo me quedan 5 personas delante.
A esto que viene una mujer y no pregunta orden ni nada… Una loca la tía. Y se acerca la de recepción. Y la mujer le pregunta si hay mucha espera y esta le responde que si tiene algo que hacer que vaya y lo haga que esto va para largo. O que puede esperar fuera porque la doctora llama. Yo concluyo que en recepción no tienen ni idea de que en consulta tampoco tienen sistema y haciendo una excepción salgo de mi mundo interior y se lo comunico todo: que la doctora no está llamando, que hemos establecido un orden de llegada aproximado entre los que estábamos allí… Y ella me mira como si le estuviera contando que voy a comer cazuela de patatas (en el caso que llegue a mi casa claro). Pasa de mí y no contenta con eso le insiste a la señora en que aproveche para hacer mandados… Que ya se lo ha dicho a muchos pacientes. Se avecina tragedia pero gorda, gorda.
Y si, van llegando todos esos pacientes a los que la recepcionista prácticamente ha mandado a freír espárragos y… ¡Sorpresa! Reclaman su turno. A mí me la pela porque voy detrás del muchacho que ya ha entrado a consulta… Después entro yo SI O SI. Ruedan cabezas vamos.
Efectivamente entro yo y la doctora que me conoce ya casi más que mi madre me dice: «Uy… Mutua, poco puedo hacer contigo, no me va el ordenador» y yo: «si, algo he oído». Total que como me ha visto cara de «después de dos horas como no hagas nada conmigo te saco los ojos y me meo en las cuencas», me pregunta cómo voy, le explico que después de una semana el dolor que tengo en las costillas ya no me parece propio de las magulladuras de un porrazo (me dolía hasta respirar) y me manda una ecografía. No sin avisarme antes que posiblemente haya problemas para darme la cita porque NO LE VA EL SISTEMA. Qué sorpresa, no me había enterado.
Yo, con más moral que el Alcoyano me planto en recepción para que me den mi cita y la señora agradable que solo cuenta hasta 14 me dice que atraviese el parking y lo pida en la recepción del otro módulo. Quise preguntar si en aquella parte iría el sistema, pero no me atreví, ya lo averiguaría en breve.
Así que voy al otro módulo, doy mi papel en admisión y me dice la otra recepcionista que no puede darme cita porque SE LES HA CAIDO EL SISTEMA, pero que de todas formas hasta mediados del mes que viene no hay cita para ecografías. A mí me ha dado ya la risa nerviosa mientras le decía: «pues ya me estás buscando un hueco porque vengo por mutua y obviamente no puedo esperar tanto». He debido intimidar, porque la muchacha hasta le ha pedido ayuda al compañero. Se quedan con mis datos y me dicen que me llaman para darme cita. Yo me echo a temblar, a estos se les olvida fijo, así que me quedo con el número por si acaso. Pero para mi sorpresa (e intuyo que para evitar que cometa una masacre allí dentro) me han llamado al momento, dándome cita para esta misma semana (incluso dándome a elegir hora).
Después de todo, voy a comer cazuela de patatas. Final feliz… de momento
Vir Pino
