La conocí por casualidad: ella ante la falta de perspectiva laboral se había metido a estudiar de nuevo y yo, después de mucho tiempo oxidada y de haber pasado por una relación en la que había quedado de mí misma menos que nada, había vuelto a las aulas y de pronto, solamente me quedaban un par de asignaturas para acabar lo que había empezado.
Nos conocimos en un mal momento, supongo. Su vida empezó a despuntar y su sueños a cumplirse y yo entré de nuevo en un declive que duraría hasta la fecha. Sin embargo, juro que me alegré por cada uno de sus logros, me involucré en sus historias y quiero creer que fui una pequeña parte de alguna de sus victorias.
Cuando quedábamos, hablábamos de lo humano y lo divino y yo sentí que la conexión que habíamos conseguido en menos que nada era la definitiva y que ella era LA amiga.
A veces, cuando me contaba de sus éxitos, me decía -con cierto remordimiento- qué se sentía fatal por estarme contando tantas alegrías en medio de mi profunda pena. Yo le explicaba que no tenía de qué preocuparse, que sus alegrías eran las mías y que así me olvidaba un poco de lo que yo estaba viviendo. Que no pasaba nada si alguien la envidiaba por su obvio talento literario, o por haber adelgazado. Mea culpa. Porque después de muchas charlas similares, ella dejó de preguntar cómo me encontraba, cómo iban las cosas en casa, o cómo de roto seguía mi corazón. Para ella su ombligo se volvió el centro del mundo y el resto de los ombligos dejaron de importar. Yo le hablaba de que mi padre volvía a beber y ella me hablaba de que nosequé editorial le había dado el sí (ya iban tres, o cuatro…o cinco… perdí la cuenta). Y ahí estaba yo, arrepintiéndome de aconsejarle que hiciera lo que quisiera, que dejara de pensar tanto en los demás, que les dieran por culo. Quizás porque nunca creí que en algún momento yo formaría parte de “los demás”.
En medio de las charlas literarias que teníamos, le hablaba de ideas. Ideas que bullían dentro de mí como escritora frustrada que me consideraba en ese momento, hablando con ella, una escritora que poco a poco se iba consagrando en su género. Un día, hablamos de una historia que tenía en la cabeza, y no sé cual de la dos dijo “Oye, estaría bien que la protagonista fuera educadora infantil ¿no?. Oye. Pues sí…” No tardó un mes en entregarme un borrador de una nueva historia en la que las protagonistas, eran educadoras infantiles (y estaban, claramente, inspiradas en nosotras). Le comenté que había cogido la idea –medio en broma, medio en serio- y su respuesta fue “oye, ni que no pudiera haber dos libros con educadores infantiles”. Y me dije “bueno, no pasa nada”… y la vida siguió entre nosotras como si no hubiera pasado nada.
Toqué la primera puerta después de mucho tiempo sin poder escribir una palabra justo en ESTA página. Se lo conté emocionada y juraría que hasta ella se alegró por mí, porque después de dos años sin poder ponerme delante de un folio en blanco, me atreví. No funcionó. Pasaron un par de semanas y no recibí respuesta. “Estate tranquila” me decía “seguro que tienen un montonazo de cosas y por eso no te han respondido”. Lo siguiente que tuve en mis manos fue un pantallazo de su email en el que las administradoras de la página le daban la bienvenida a WeLoverSize después de enviar un artículo que yo ni siquiera sabía que había escrito. Nos lo contábamos todo. Ella tenía millones de puertas abiertas y yo solo había probado suerte en una. Igual es muy egoísta pensar que merecía algo que fuera mío en exclusiva, algo que me saliese bien A MÍ. Me dolió. Me dolió que no me hubiese contado que estaba pensando en escribir a la página (es más, probablemente si me lo hubiera contado yo misma la hubiera animado, aunque no necesitara mi permiso). Me dolió que no me contase que había enviado algo. Y finalmente me dolió que no pensara que igual, después de todo, podía dejar aunque fueran las migajas para alguien que estaba intentando, de todas todas, recuperar algo de esperanza en sí misma. Se lo dije y mil veces me pidió perdón. Su respuesta “puedes mandar otro artículo. Puedes seguir intentándolo. Que me hayan cogido a mí no quiere decir que no te vayan a coger a ti en el futuro”. Y me dije “no pasa nada, ya habrá algo mejor para mí”. Y nuestra relación siguió sin hacer más mención a ese momento, porque soy de las personas que una vez dice lo que siente, no hace más leña del árbol caído. Es más, le corregí artículos posteriores, le hice alguna cabecera y seguí llevando su página web profesional… creo que no fui una mala amiga.
Lo último fue en Carnavales. Después de haber perdido peso (ella, yo sigo siendo una albondiguilla golfa con mucha personalidad), me decía que le hacía ilusión disfrazarse de princesa sexy (con esos disfraces a caballo entre lo que pretenden ser y bailarinas de barra). Yo le decía que mi gran ilusión era disfrazarme de Alicia (en El País de las Maravillas) con un disfraz chachi fiel al original, mandado a confeccionar y todo. Mi cuento favorito, el cuento que llevaba insistiendo tres años para que lo trabajaran en el cole de mi hija (y de sus hermanos) para tener la excusa ideal para hacérmelo. La última vez que quedó conmigo fue para decirme que se iba a disfrazar de Alicia para el cole. Que se había mandado a hacer el disfraz. De Alicia. No de conejo, no de la reina de corazones, no del gato, no de flor. Justo de Alicia. Ese día me callé y cuando en casa lloré lo que tuve que llorar –supongo que de frustración- y estaba más serena (quizás una semana después), se lo dije. Y me dijo que no era excluyente “que podíamos disfrazarnos la dos”, que “que se disfrazara ella no significaba que no pudiera disfrazarme yo”. Y se escudó en que “por lo visto no era la primera vez que tenía que recular por mí”. Incluso varias personas en el cole que la vieron disfrazada ese día me preguntaron si me habían “robado” el disfraz (lo mío con Alicia lo saben hasta en la China Mandarina). Si se dio cuenta gente que apenas nos conoce… ¿cómo fue que no se dio cuenta ella?
Estoy cansada de que los demás me hagan daño (a voluntad o sin querer, como es el caso) y repetirme que no pasa nada. Porque sí pasa. Y cuando te paras y rebobinas la historia, y tienes la sensación de que no puedes decirle a tu mejor amiga (la mejor mejor amiga que has tenido nunca) que te encantaría comprarte la chaqueta de Harley Quinn porque va ella y se la compra primero, entre otras banalidades varias, es que la cosa, no está funcionando.
Y sí, he sentido envidia. Pero de esas envidias que hacen que aunque lo quieras para ti, te alegres por la otra persona. No merecía su sarcasmo cuando me dijo “que sepas que voy a estar en la feria del libro, que sé que vas (le faltó decir para que no te mosquees porque lo hacemos las dos)”-cuando en la feria anterior fui, le hice las fotos y las subí a su página profesional-. Frases como “no te voy a pedir perdón por haber adelgazado”, “perdón por tener los ojos azules” o “por lo visto te he quitado tu momento” no me las merecía. Porque si hubo algo envidié de ella fue –como escritora frustrada que sigo siendo- todo lo que tenía por dentro (que son un montón de mundos que escribe y que gustan a las editoriales) y no como era por fuera.
Desde entonces, no hemos vuelto a quedar. Nos hemos visto como si fuéramos conocidas cualquiera que se saludan cuando pasan por la calle. Igual estaba escrito que llegáramos y pasáramos. Igual era una historia con fecha de caducidad y horario en el velatorio. Pero soy tan subnormal, que acuso su ausencia, nuestras noches de perras malas criticando a todo quisqui… a veces echo de menos a mí mejor amiga del principio. Esa que también me quería a mí.