Todo comenzó un sábado por la mañana, cuando decidí volver a mi casa familiar un poco por imprevisto. A última hora pensé en usar Blablacar para ahorrar gasolina e ir acompañada. Rápidamente me reservó un chaval de unos 20 años llamado Manuel, su pareja también venía con él. Íbamos a ser ellos dos y yo en el viaje. Hablé con él por la app, todo correcto. Quedamos en una gasolinera y listo.
Cuando llego estoy esperando y veo acercarse una pareja que me hace dudar. Mi mente piensa: “No serán ellos, ¿verdad?” y claro, sí, eran ellos. Manuel, el cani dosmilero que ya creía extinguido: gorra plana, chándal completo y cadenas enormes colgando del cuello. Y su pareja, choni a más no poder, pantalones con estampado dorado, camiseta de leopardo, aros gigantes y un moño con rastas rosas altísimo. El eye-liner rozaba las sienes, ancho e implacable. Solo podía mirarlos y pensar que parecía imposible que alguien así existiera hoy.
Cuando se montaron en el coche algo me dio mala espina: ambos se sentaron atrás. En mi cabeza sonó una alarma silenciosa. Intenté no darle importancia y conduje. Tras cuatro frases banales llegó un silencio incómodo y entonces empezó el peor viaje de mi vida.
Él comenzó a insultarla y amenazarla. “Puta”, “guarra”, amenazas constantes. Incluso le dio manotazos en el pecho. Yo al volante, paralizada, a 120 km/h, sin poder hacer nada.
Paré en una gasolinera para pensar. Aproveché un despiste y le pregunté a la chica si estaba bien. Murmuró que no y me pidió que no hiciera nada porque él se enfadaría más. Volvimos al coche y todo siguió igual.
Al llegar me derrumbé. Lloré sin parar. Mi padre llamó a la policía pero ya era tarde. Blablacar abrió expediente y me ofrecieron apoyo psicológico.
Aprendí de la peor forma que a veces quieres ayudar y no puedes, y que la impotencia también deja heridas.
