Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
*»Cuando el amor se parece demasiado al dolor»*
Llevo tiempo sintiéndome atrapada en una relación donde el amor se confunde con gritos, amenazas y silencios fríos. Cada discusión, por pequeña que sea, termina con mi pareja levantando la voz, culpándome o amenazando con irse. A veces me dice que no quiere seguir conmigo, que ya está harto, que no va a haber boda, que se va a hacer su vida solo. Luego vuelve como si nada, esperando que yo también haga como si nada.
Al principio pensaba que eran solo momentos de tensión. Que discutir es normal, que él solo necesitaba espacio, que se le pasaría. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que no es solo que discutimos: es cómo discutimos, es lo que me hace sentir. Me hace sentir pequeña. Me hace sentir culpable por expresar cómo me siento. Me hace dudar de mí misma, de si estoy loca, de si soy yo la que exagera.
He intentado hablarlo, con calma, con empatía, diciéndole que no es sano que cada conflicto se resuelva con gritos o con portazos. Que cuando yo estoy mal, lo que menos necesito es que me abandone, que me ignore o que me diga que “lo nuestro ya no tiene futuro”. Pero él siempre termina dándole la vuelta. Que si soy muy intensa, que si me rayo mucho, que si lo llevo todo al extremo. Y yo, que solo quería comprensión, acabo sintiéndome culpable por sentir.
Lo más duro es que muchas veces, después de una discusión, él vuelve a acercarse como si todo estuviera bien. Me abraza, me besa, me dice que me quiere. A veces incluso quiere tener sexo, como si eso lo arreglara todo. Pero a mí no me sale. Porque por dentro sigo rota, sigo con las palabras que me dijo dándome vueltas en la cabeza. Y él no entiende por qué no me sale estar bien, por qué no sonrío como si nada. A veces hasta se enfada porque no estoy “de buen humor”, sin entender que no se puede construir amor sobre el miedo constante a que la persona que amas te deje por cualquier cosa.
He cedido muchas veces. He dejado de decir cosas por miedo a que estalle. He aprendido a callarme, a no mostrar mis emociones para no provocar otra pelea. Pero eso me está haciendo daño. Me estoy perdiendo a mí misma. Me estoy apagando.
Hoy me siento cansada. Triste. Vacía. Porque sigo queriéndole, pero no quiero una vida de gritos, amenazas y culpas. Porque cuando tenga una familia no quiero que mis hijos vean esto como normal. Porque yo también merezco calma, ternura, un amor que no me castigue cada vez que tengo un mal día.
No sé si alguien más ha pasado por algo parecido, pero si lo has hecho, si te has sentido así… solo quiero que sepas que no estás sola. Que el amor nunca debería doler tanto. Y que merecemos relaciones donde nos escuchen, nos respeten y, sobre todo, no nos hagan sentir que somos demasiado por simplemente sentir.
Ojalá poder salir pronto, o que todo cambie.