Hace unos meses dejé de hablar con una amiga.
De esas de muchos años, en plan 10. Que no es poca cosa.
No fue por una bronca épica ni por algo súper grave. Fue más bien el típico “esto ya no me está sentando bien y no sé ni cómo explicarlo sin parecer exagerada”.
Básicamente, casi siempre hablábamos de ella. De sus problemas, sus dudas, sus dramas… y yo ahí, escuchando, opinando, estando. Porque claro, para eso están las amigas.
El problema venía cuando yo hablaba.
Si no decía exactamente lo que ella quería oír, se torcía la cosa. Si no validaba al 100%, mal. Si intentaba aportar una visión un poco más realista, peor. Y poco a poco me vi midiendo lo que decía como si estuviera en un examen.
Y claro, eso agota bastante.
Llega un momento en el que ves su nombre en el móvil y en vez de ilusión piensas: “uf”. Y ya sabes que vas a salir de esa conversación más cansada que cuando entraste.
Aun así, ahí seguía yo. Porque eran muchos años, porque también había momentos buenos, y porque una es bastante paciente (por no decir que he aguantado unas cuantas crisis, todo sea dicho).
Hasta que un día discutimos y me soltó que mi forma de comunicar era poco cuidadosa, que la hacía sentir mal y que algo en mí no estaba bien.
Y yo ahí pensé: increíble giro de guion.
Le respondí tranquila, sin liarla, pero siendo sincera. Le dije que sí, que a veces soy directa, pero que no hablaba desde la rabia ni con intención de hacer daño. Y también le dije algo que llevaba tiempo guardándome: que a mí me dolía que cuando lo que yo decía no gustaba, automáticamente el problema fuera yo.
Después de eso, silencio.
Han pasado meses. Me felicitó por mi cumpleaños, le respondí, y listo. Relación en modo “cordial desconocida”.
Y aquí viene lo curioso: estoy un poco triste… pero también bastante tranquila.
Porque si soy sincera, llevaba tiempo sintiendo más rechazo que otra cosa.
Y sí, también me da un poco de rabia. No os voy a mentir.
Diez años, muchas conversaciones, muchas historias… y al final, después de yo estar ahí en todos sus bajones, la relación se corta así.
Pero bueno.
Supongo que a veces no hace falta una gran traición.
A veces simplemente llega un punto en el que ya no compensa.
Y aunque dé pena, también es un poco liberador dejar de estar en una relación donde tienes que medir cada palabra para no molestar.
