Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Desde que conozco a Teresa no puedes tener una conversación normal con ella. Y no me refiero en coherencia, sino en interrupciones. Empiezas contando algo y en menos de 2 minutos, saca el móvil para que veas a su hija, te habla del tiempo o te cuenta ella una anécdota por encima de la tuya. En parte todos los que la conocemos estamos acostumbrados.
Hace un par de años Teresa vino convencida que tenía TDAH y así se lo iba a decir a su médica de cabecera. Pues hombre, nosotros pensamos que igual algo de razón tenía, porque entre eso y que no podía estar sentada 10 minutos seguidos, era un diagnóstico bastante creíble.
Ella dice, y repito “ella dice”, que cuando se lo comentó a su médica de cabecera le dio una medicación sin derivarla a otro especialista. Bueno, en realidad sí la derivaron, pero la cita fue muchos meses más tarde. Por lo que sin mayor criterio que su búsqueda en Google y que todos los síntomas le cuadraba a lo que ella hacía, decidió consumir esa medicación.
He de decir que al poco tiempo se la notaba un poco más “estable”, podía contar yo una anécdota sin la misma cantidad de interrupciones que anteriormente (seguía habiendo, pero menos cantidad).
El problema viene desde que el especialista le confirmó las posibilidades de TDAH, solo las posibilidades, todavía no se lo han certificado. Ahora “es mi TDAH” es su excusa para todo.
Que bebe un poco de alcohol y empieza a hacer el idiota a sus 48 tacos, “es mi TDAH”. Que no te está prestando atención cuando le dices algo muy importante, “es mi TDAH”. Que se olvida de coger a su hija en el instituto, “es mi TDAH”.
Que me dice algo que no me ha sentado bien por cómo me lo ha dicho, “es mi TDAH”. Que se muerde las uñas hasta hacerse sangre, “es mi TDAH”.
Ahora el TDAH es la excusa absoluta y perfecta para todo. Aunque tampoco es que quede ahí, está en grupos de Facebook de personas con TDAH en las que comparten sus trucos y medicaciones homeopáticas y está modo hippie sesentera con sus pastillitas.
Primero fue lo de acudir a un coach vital, después los suplementos de magnesio y colágeno, las infusiones de agua de jamaica, después las láminas de melatonina en la boca, las gominolas para la concentración, los aceites esenciales… Después llegó el turno de los libros de TDAH para adultos y para niños, porque claro, “si de niña no me lo detectaron, seguro que hay cosas que puedo arreglar del pasado e implementarlo ahora”.
Y ya lo último son las flores de bach, que se lo echa a absolutamente todo y, cuando dudamos de su eficacia, nos lo pone en nuestras bebidas sin que nos demos cuenta y nos lo dice después.
Sinceramente ya no se como decirle que puede ser que tenga TDAH, pero que además es gilipollas, y eso no tiene nada que ver con el diagnóstico (que aún no tiene).
