reproducimos un testimonio que llega a [email protected]
Vengo de una familia de padres separados, con una madre que debió hacerse cargo de mi y, como lamentablemente ocurre en muchas familias, con muy poca participación y responsabilidad económica y emocional de él. Acompañado a esto, cuando yo debía pasar tiempo con él hubo mucha violencia verbal y psicológica al punto en que experimenté varias disociaciones (de las reales, no la versión cutre de tiktok). En terapia entendí que cuando ocurría esto era porque el cerebro «por su cuenta» decide utilizar esa herramienta para protegernos de situaciones traumáticas y abusos. Él también me daba mucho miedo y yo no lo demostraba porque aprendí que expresar miedo y llorar sólo lo encabronaba más.
Durante años me hizo sentir que estos arrebatos de violencia verbal y psicológica eran en respuesta a una provocación mía y, por lo mismo, yo tenía la culpa. Esto me hizo evitar informar a mi madre e incluso de no contarle a nadie, ni siquiera a mis amigas cercanas. Debido a todo esto, con el paso del tiempo dejé de pasar vacaciones con él, teniendo una que otra junta ocasional una vez al año y de un par de horas con él siempre junto a mi familia materna y siempre desde el trato cordial, aunque siendo muy consciente de mi malestar físico y emocional durante esas reuniones, hasta que finalmente dejé de asistir también a esas juntas, dejando de verlo por años.

Explico todo esto porque él ahora ha estado con un mogollón de problemas de salud y en mi familia se ha hablado de qué pasaría si él…ya saben. En una primera instancia pensé que tal vez para él sería importante que nos juntáramos en caso de que «se vaya para el otro lado» en plan necesitando disculparse o qué-sé-yo, para irse tranquilo y en paz consigo mismo, pero física y emocionalmente siento que no me hace bien ni siquiera plantearme la idea de esa reunión, sin embargo también aparece el bichito de la culpa en plan «y si luego te arrepientes de no haberlo visto?»
Honestamente no lo odio, entiendo que es una persona muy dañada y le deseo lo mejor, pero lejos de mi. Además, intento pensar que ahora soy la adulta que puede o debe proteger y priorizar a mi niña interior violentada y responsabilizada de esos abusos, que mi prioridad debe ser mí bienestar y paz interior, pero no sé, ¿ustedes qué opinan? ¿qué harían?
Anónima