Hola, ¿qué tal? Menudo título, ¿eh? No sé si es el más adecuado. Podría haber puesto el dramita prenavideño con el camarero del bar rockero. Pero bueno, para gustos, los colores.
Yo tengo 32 años. El camarero heavy tiene 46. El rock y el heavy son mi pasión desde muy pequeña. Pero resulta que a mis amigos no les gusta. ¿Qué le voy a hacer? Un día fuimos al bar donde trabaja el camarero (un día que parecía que él no estaba) y nos fuimos. Todos fueron por mí pero una de las chicas decía que es que no podía aguantar todo ese sonido y acabamos en un sitio más tranquilo. Pues bien, ese es el principal motivo por el que suelo ir a estos sitios sola. Conciertos incluidos. Y es lo que he estado haciendo cada fin de semana: ir sola a un bar rockero.
Era consciente de que iba sola a un ambiente principalmente masculino (no nos engañemos), pero si con mis amigos no es posible ir a un ambiente que me encanta, ¿por qué me lo iba a perder? En septiembre busqué bares rockeros por una zona donde suelo salir mucho y encontré el que más me gustaba. Esa fue mi principal motivación y fue lo que hice. Y desde que fui, me gustó el camarero físicamente, pero fui a mi rollo. Allí conocí a una pareja que me invitó a sentarme con ellos. Fue una noche sin más y no volví hasta el mes siguiente.
Aquí empieza lo bueno. Desde el 26 de octubre hasta el 21 de diciembre, fui al bar sola cada sábado solo una hora (por el autobús). Y creo que a partir de finales de noviembre o así, fui al bar viernes, unas dos horas (ya os diré el motivo) y sábados una hora. La historia va gradual desde el 26 de octubre hasta el 20 de diciembre. Y da un cambio radical el 21 – 22 de diciembre (ayer, vaya). Sí, aquí está todo bien contado.
El camarero heavy también tiene bien contando cuándo voy, cuánto tiempo me quedo, qué bebo, qué no bebo, sabe cómo vuelvo a mi casa, dónde vivo, sobre qué hora llego a mi casa, etc. Parece que a los dos se nos da bien contar. De hecho, en este tiempo, solía preguntarme cosas como si volvería a verme la semana que viene. Y normalmente, me suele ofrecer kikos y pipas. Una de las veces veo que hasta me sonríe. Pero bueno, podría ser también por pura familiaridad y de la costumbre de verme por allí. Un día, me pregunta si me vería la semana siguiente, como siempre. Cuando le digo que sí, me responde: y si es antes, mejor. Ahí decido cambiar un poco el patrón e incluir el viernes en mis visitas, porque sabía que algo iba a pasar. Y vaya si pasó. Aquí hago un inciso: el camarero sabe que yo tengo horarios complicados y además, él también los tiene. Pero yo creo que algún hueco podríamos encontrar. Conozco mis horarios y sí, son complicados, pero tampoco imposibles ni incompatibles. Además, siempre están cambiando, y tengo temporadas y temporadas por trabajo y estudios. Pero nunca me ha llegado a preguntar. Solo sabe que trabajo y estudio, pero no sabe exactamente cuándo tengo libre entre semana, por ejemplo.
Pues continúo con la historia. El viernes que fui, ya estuvimos mucho rato hablando: me dijo su nombre, me dio dos besos para presentarnos, me preguntó cómo iría yo desde donde yo vivo hasta donde él vive (ojo a este dato). Un poco más tarde, aparece una mujer y me comenta que hace un rato estaba hablando de ella y ha aparecido. Yo le dije de broma que la había invocado y me responde que espera no invocar a su ex, que esa mujer es amiga de su ex y no quiere verla (esa fue la primera y única vez que me habló de su ex). Al irme, me acompaña hasta la puerta y… sorpresa: me coge de la mano y comenta que tengo las manos frías.
En los próximos días se va repitiendo la misma dinámica, y me va comentando cosas como que hay gente muy falsa y que la navidad le trae malos recuerdos.
Otra de las veces, viene un amigo suyo y por algún motivo, quiso brindar conmigo. Yo me quedé extrañada y brindé con él por educación. El camarero, que estaba pendiente, me dijo que ese hombre estuvo trabajando en el bar hace un tiempo y que no me iba a molestar ni nada. Y cuando ya me iba a despedir, me dice: espérate que te voy a dar dos besos. Y me dio dos besos al irme, que ya se estaban convirtiendo a la costumbre. Siempre, cuando me iba, se despedía así o acariciándome la espalda o incluso, la cintura. Dentro del bar o aprovechaba para salir a fumar y se despedía de mí en la misma puerta del bar, sin clientes alrededor. Otras veces, incluso con un cliente/conocido de él delante. A veces, incluía un: «gasta cuidado». A la semana siguiente, decido darle mi número. ¿Su reacción? Me dio las gracias y me acarició la espalda. Y me escribe un mensaje precioso diciéndome que espera sacarme una sonrisa y respondiendo a un mensaje coqueto que le puse junto a mi número.
Llega el 1 de diciembre. Ese día había quedado con mi amiga pero por la tarde, ella ya se iba. Yo le di los buenos días al camarero y resulta que ese día descansaba. Pero claro, tenía que dormir porque su jornada es nocturna. Y como me dice que después de dormir no sabía qué iba a hacer, le propongo de quedar: él me dice que depende de a qué hora se despierte, que se despertaría tarde. Yo le estuve esperando pero es que ya no podía más. Todo el día dando vueltas ya estaba muy cansada. Se lo comenté, le dije que aun así, tenía ganas de verle fuera del bar y él solo me responde que los domingos son complicados, que espera que esté bien. Primera señal de alerta. Sí. La segunda señal de alerta es que él nunca inicia conversación en whatsapp. Siempre soy yo. Pero decido continuar para ver cómo va evolucionando la cosa.
En mis visitas siguientes, todo sigue tan normal, hasta me regala unas pegatinas del bar. Un día, aparece una mujer con un niño pequeño que parece que conocen al camarero. El niño pequeño tiene en su mano unas chucherías para el camarero. No parecía ni su hijo ni su ex mujer, pero sí que tenían una relación cercana. El bar estaba a punto de abrir y el camarero dejó que la mujer y el niño entraran al bar antes de la apertura, pero yo tuve que esperar fuera. Cuando abrió el bar, entré y la mujer ya se estaba despidiendo del camarero, que le estaba acariciando la espalda del mismo modo que me la acaricia a mí. Y ahí quedó la cosa. A mí me siguió tratando como siempre. Hasta me contó detalladamente unos problemas de salud que tuvo (nada grave). Eso sí que es muy propio de él, que los problemas de salud me los cuenta detalladamente. También quiso saber mi edad y yo la suya.
Otro día, resulta que se dieron las circunstancias para que el camarero y yo nos quedáramos fuera, delante de la puerta del bar hablando, poco antes de la apertura. Los dos solos. Hasta que llega un hombre que conoce bien al camarero y empiezan a hablar. De repente, ese hombre me pregunta si tengo novio. Yo me quedo extrañada pero le digo que no (no sabía qué decir), y más tarde, el mismo hombre me pregunta si voy bien o no de dinero. Ahí es cuando el camarero interviene y dice: venga, todos al bar, ahorrándome el tener que responder a esa pregunta tan incómoda. Unos días después, cometo mi segundo error: le vuelvo a decir de quedar. Y él me responde que no sabe qué va a hacer la semana siguiente y que no me dice ni sí ni no. Con la «pequeña» diferencia de que, cuando vuelvo al bar, se interesa por saber cómo vuelvo a mi casa (que ya se lo dije en su momento) y me ofrece una uva de las que él estaba comiendo. Y a la despedida, además de despedirse como siempre añade que la semana siguiente me diría lo que fuera con respecto a quedar. No me dice nada. Lo que pasa es que a mí me sale un pequeño viaje inesperado con mi familia y tengo que organizarme con tiempo. Y tenía que saber si el camarero iba a quedar conmigo para saber cómo organizar mi agenda. Acabé sin hacerle un hueco en la agenda porque le pregunté (sin decirle que tenía un viaje) porque me dice que ese mismo día estaba limpiando el bar, hizo un gesto raro y la cintura le dio un aviso. Ahí decido decirle que ya se hablaría de lo de quedar cuando se recupere y me lo agradeció. Y en ese momento sí que no le volví a decir nada de quedar.
El 20 de diciembre, voy al bar, como siempre, como si nada hubiera ocurrido y se sienta un hombre que estaba borracho a mi lado. Me empieza a hablar, pero yo no le llego a entender bien. Cuando se va, el camarero me pregunta qué me había dicho el hombre.
21 de diciembre. Aquí ya cambia todo. Todo se desarrolla como siempre. Yo sigo sin mencionar nada de quedar. El bar, para ser sábado, me parecía que estaba más vacío que de costumbre pero no le doy mayor importancia. No hay ningún cambio hasta que llega la despedida, nuestro momento clave. Y me abraza dentro del bar, con los clientes delante. En ese momento, llega un cliente (el que quiso brindar conmigo una vez) y saluda al camarero, yo ya me voy despidiendo y me dispongo a salir. Sale detrás. Nos quedamos los dos solos en un pequeño espacio que hay entre las dos puertas del bar… y me besa. No me lo esperaba. A esas alturas yo pensaba que después se iba a animar a quedar conmigo. Además de besarme, me toca el culo. Pensé que, simplemente, se dejó llevar por la emoción. Me dice: gasta cuidado, y vuelvo a mi casa. Le mando mi tradicional mensaje para avisarle de que ya estoy en mi casa.
Me escribe horas más tarde diciéndome que no pudo escribirme antes, lo cual es comprensible porque estaba trabajando (aclaro que la primera vez que le mandé ese mensaje, me dio las gracias por haberle avisado de que llegaba bien a mi casa). Minutos después… prepararse. Me manda una fotopolla. Sí. Tal cual. Añade que espera que no me moleste la foto. Aunque yo respondo relativamente bien, decido preguntarle qué busca. Y me dice que no busca nada serio ni formal. Decido decirle lo mismo, que lo veo igual. Él reacciona a ese «lo veo igual» con una carita sonriente, me pregunta cómo me va mi día, me cuenta un poco como va el mío, me dice que pase un buen día y cierra la conversación con dos emoticonos cariñosos. Pero tengo la sensación de que algo no me cuadra. ¿Soy yo la tonta que pensaba que quería algo más que una relación de follamigos? ¿Y dónde ponemos la fotopolla después de dos meses «tranquilitos»?
