¡Trabajo con personas con diversidad desde hace años. Supongo que por ello estoy más sensibilizada con ciertas cosas. Es un entorno que sin querer te cambia la forma de entender a la gente, a tener paciencia, a respetar los tiempos de cada uno y sobre todo a darte cuenta de que hay cosas que antes no tenían importancia y ahora la tienen. Ojo, no quiero romantizar la profesión ni a las personas con discapacidad, que como cualquier otra, ambas tienen lo suyo.
Mis amigos saben a qué me dedico. Hemos hablado mil veces de ello, compartiendo nuestro día a día con toda la naturalidad. Pequeñas anécdotas, historias de superación, momentos duros y otros preciosos que he vivido. Sin embargo cada cierto tiempo, se repite el mismo bucle: alguien cruza una línea sin darse cuenta, tira de humor fácil y aparece el chistecito sobre las personas con las que trabajo.
No pasa siempre, ni con una mala intención clara. Es un comentario suelto, una palabra usada a la ligera. Estoy segura de que ni siquiera es algo que nadie se haya parado mucho a pensar. Sale automático, instintivo. Unas risas rápidas aseguradas y se mezcla con la conversación como si no tuviera peso.
Al principio ni lo detectaba, y luego lo dejaba pasar. Con el tiempo empecé a señalarlo dulcemente, intentando no crear tensiones, pero siempre me sentía esa persona que interrumpe, la que se lo toma demasiado en serio, y además, así me lo hacían saber. “Que amargada”, “Tía, que era una broma” o “…es que los límites del humor…”. Pues no. Estoy cansada de tener que explicar algo que aunque para los demás es inofensivo, para mí ya no lo es.
Es más, es que me doy cuenta de que ya no es que las bromas sean sólo con mi trabajo, es que la misoginia, el racismo, la homofobia y otros tantos temas se ponen sobre la mesa de forma recurrente con el escudo impenetrable de “era una broma”. Estoy cansada de sentir que tengo que traducir todo el rato una realidad que mis amigos no ven, o no quieren ver. Sé que no es maldad, es falta de conciencia. Cuando algo no forma parte de tu realidad directa, es fácil convertirlo en recurso humorístico, porque no pesa.
Llegó un punto en el que deje de participar, ya no me encajaba señalar cada broma, así que empecé a mostrarme pasiva. Parece una tontería pero no seguir el juego, no reírme o puntualizar cada broma rompía más el ritmo de la conversación que todo lo anterior, porque obligaba por un segundo a ser conscientes de algo que antes pasaba desapercibido. Nadie tuvo un cambio de actitud repentino ni cambió mucho la dinámica, pero sí cambió algo en mí. Las bromas de este tipo van a seguir existiendo pero yo tenía que escoger entre encajar y ser coherente. Escojo ser coherente.
No es que me haya vuelto más seria es que ahora sé exactamente de que me estaba riendo.
