Buenas, Weloversizers. Aquí una auténtica montaña rusa de emociones: ayer, empoderadísima, hoy, hecha mierda. Os voy a intentar resumir cómo ha sido, este verano, la relación más intensa, difícil y extraña de mi vida, con un hombre que el pasado fin de semana decidió cortar conmigo.
Decidió cortar conmigo porque decía que no estaba preparado para asumir las responsabilidades que lleva consigo una relación estable. Aún reconociéndome que le atraía física y mentalmente, que nadie más que yo le había sabido entender, que con nadie era mejor el sexo que conmigo. Un «no eres tú, soy yo» de manual.
Andamos los dos por nuestros 40. Él no había tenido nunca una relación que durase más de tres años y en este caso, además, fue a distancia. Nunca ha convivido con nadie. Aseguraba haberse pasado años enteros sin deseo sexual hasta que, en el confinamiento, se dio cuenta de que se encontraba solo. Comenzó una relación conmigo que fue difícil en los momentos malos, muy buena en los buenos. Asumo antes que nadie que me puse más intensa con él que con nadie, pero también que nunca había sido así. Me provocaban celos sus silencios, su no contar nada. Al principio, cuando le conocí, quería estar conmigo todo el rato pero al tiempo y coincidiendo con que encontró trabajo fue a menos. Y los silencios se incrementaron. Le agobiaba, decía, cualquier mínimo problema con el trabajo o con la familia, todo se le hacía bola. Y ahí, en medio, yo… viviendo algunas situaciones de lo más extrañas en mi vida. Os resumo:
– Se enfadó conmigo por querer invitarle a comer, porque decía que no quería tener después el peso de «devolverme el favor». Yo aquel día solo quería invitarle porque estaba contenta de haber cobrado una factura… nada más.
– Cada vez que discutíamos, me repetía un mantra: «esto no avanza». El «esto no avanza» por cualquier discusión hacía que olvidásemos el origen de la misma y nos pusiéramos a debatir sobre si la relación avanzaba o no.
– También le agobiaba si una discusión surgía de noche, porque él, de noche, quería dormir…
– … pero si surgía de día, volvíamos al «esto no avanza». Muchas discusiones volvían a repetirse porque no las habíamos cerrado la anterior vez.
– Tuve que llegar a rogarle que los días que no estuviéramos juntos al menos poder saber algo de él. Buenos días, buenas noches por WhatsApp, algo. había veces que pasaban horas y horas y no sabía nada de él, no contestaba… Eso también decía que le agobiaba mucho.
– Hace como un mes comenzó a marcarme límites: solo nos veríamos dos días a la semana o, incluso «cuando quisiéramos», sin tener que tener esa periodicidad. Me llegó a decir más de una vez que no le apetecía quedarse esa noche conmigo y yo me fui empequeñeciendo. Me daba miedo darle los buenos días o proponerle planes porque para mi la negativa era dolorosa y, sobre todo, poco acorde con mi actitud, ya que yo nunca le decía que no a un plan.
– Llegó a obsesionarse con que yo no le dejaba salir con sus amigos, pero eso no era verdad. De verdad que no lo era. Nunca le dije nada que pudiera hacerle pensar eso y, además, cuando él estaba solo nunca quedaba con ellos.

Sé que no hay otras mujeres, sé que no hay nada más. La semana pasada él tuvo una pérdida en su familia dolorosa y yo me mantuve en la distancia, ya que no conozco a sus familiares, no fui al funeral pero sí le intenté apoyar preguntándole qué tal estaba y ofreciéndome a ayudarle en lo que fuera. Me dejó al día siguiente, después de haber estado hablando a la vuelta del funeral animándole yo y dándome las gracias él. Dijo que estaba agobiado, que le agobiaba que alguien se preocupase por él y las responsabilidades que implicaba eso ya que si yo le ayudaba, entonces él se sentía presionado a darme una contraprestación cuando yo necesitase ayuda. Que con quienes se sentía cómodo era con su familia que ya le conocía y por tanto jamás le preguntaba que qué tal estaba.
No sé qué pensar. Le he silenciado en WhatsApp porque me duele hablar con él con normalidad, pero él ha seguido escribiéndome para saber como estoy. Me ha pedido perdón por las formas de la ruptura y he vuelto a hablar con él sobre su pérdida familiar, me ha dado las gracias por ello pero luego volvió a desaparecer.
Estos meses he intentado analizarme a mi misma pensando que era yo quien no le entendía. Mis nervios se han alterado con tanta tensión. He tenido miedo a escribirle, a preocuparme por él, a preguntarle cosas, a contarle las mías. Mi salud se ha resentido por la tensión. He llorado mucho y ahora que me ha dejado me he sorprendido no llorando ni una sola vez, pero sigo pensando en que si de repente él cambiara de opinión le diría que sí y no sé si eso es bueno. Hablándolo con mis amigas me han mencionado hasta el tema del maltrato psicológico por su parte… no se qué pensar.
No se qué pensar. Intento pensar en todos los malos momentos cuando mi voluntad flaquea, en que he desarrollado bruxismo por aguantarme la tensión, en los kilos que he perdido estos meses en los que pensaba que era feliz. Pero, sobre todo, y sobre la relación perdida, me preocupa él. Al tiempo en que comenzó a distanciarse de mi comenzó a aislarse también de todo el mundo. Ya no sale a tomar nada -lo se por sus amigos-, se come las penas en casa, supongo que las responsabilidades que no quería conmigo tampoco las quiere con los demás.
No se qué pensar ni qué hacer. Solo tengo mucha pena y miedo, chicas. Sobre todo, miedo.
¿Qué opinión tenéis? Estoy hecha un lío.