¿Sabéis eso que dicen del perro y del gato?
Pues así era siempre que estábamos en la misma habitación, misma casa incluso compartiendo el mismo aire.
Pero empezamos desde el principio.
Esta es la historia de cómo yo, Eva, una chica de 24 años, puede que pierda una amistad que vale millones, y si, en presente, porque la historia no está terminada y mientras reflejo aquí estas palabras, se escribe sola con el curso del tiempo.
Todo comienza con una amistad preciosa y sana entre Carlota y yo, las dos nos conocimos en el instituto con 16 años, sin esperarlo y como una gotera en el techo que va calando y creando un charco lentamente en el suelo, surgió una amistad, tímida y cautelosa, una amistad que nos sorprendería años después de lo lejos que llegó sin buscarlo ninguna. Seguramente porque, como descubriríamos más tarde, las dos veníamos con el corazón un poco roto del instituto anterior y no estábamos dispuestas a arriesgar demasiado.
Durante el primer año de instituto todo iba despacio, no nos convertimos en uña y carne de la noche a la mañana como se ve en las películas ni mucho menos, sin quererlo se fueron creando unos cimientos más sólidos que los de la Torre Eiffel.
Fueron dos años intensos pero que les guardo muy buen recuerdo, compartíamos nuestros dramas con los chicos, la pasión por viajar, la inquietud por cambiar las cosas y sobre todo el amor por la comida, lo que fuera, pero siempre con un trozo de tarta delante, unas palomitas o un buen pincho de tortilla.
Me alegré mucho de encontrarla justo cuando más necesitaba eso, una persona a la que no tenía que darle justificaciones todo tiempo, con la que podía ser transparente y sentirme aceptada por cómo era. Suena lo normal en una amistad, pero para la Eva de 16 años era todo un mundo nuevo.
Se convirtió en una costumbre hacer un domingo al mes de cine en mi casa, aunque cuando los exámenes estaban cerca se convertía en domingo de estudio.
Después del instituto, cuando teníamos aún 17 años ya que mi cumpleaños es en Verano y el de Carlota en Noviembre, sus padres decidieron mudarse a unos de esos pueblos cercanos a la ciudad para vivir en una urbanización, con piscina, jardín y todo, nada mal, la idea nos emocionó a las dos al principio, pero no éramos conscientes de que los kilómetros entre nosotras aumentarían y con ello se reducirían las veces que nos veríamos.
La primera vez que fuimos a ver la casa, aún sin terminar, nos parecía enorme, y lo primero que hicimos fue, por supuesto, elegir nuestro espacio en el jardín donde íbamos a tumbarnos al sol y hablar de nuestras cosas, lejos de su hermano 2 años menor que nosotras, Javi, que siempre revoloteaba por la casa queriéndose enterar de todo.
Este cambio de casa coincidió con nuestro primer año de universidad y claro, te centras tanto en la nueva etapa que solo nos veíamos en navidad y verano, y casi que a veces era forzado, pero algo había entre nosotras que, a pesar del paso del tiempo y de casi no vernos todo estaba en calma, todo era paz.
Ella había decidido formarse en el campo de la Salud mientras que yo me había lanzado por completo a la aventura de estudiar Bellas Artes. Nuestras facultades no estaban lejos, pero teníamos horarios incompatibles.
Dos años después, quizás por la madurez, o quizás porque las dos teníamos más huecos en las agendas empezamos a quedar una vez a la semana a comer en la universidad. Todo parecía ir bien, fluía, teníamos mucha afinidad, teníamos no, la seguimos teniendo, eso no lo dudo, pero la vida te pone en situaciones jodidas. O quizás me busqué esas situaciones yo solita.
En los tres últimos años de carrera nuestra amistad iba cambiando y fluctuando, pero no perdimos el contacto nunca. Cuando sus padres se iban de fin de semana me iba a su casa y hacíamos un fin de semana de estudio al mismo tiempo de que nos asegurábamos de que Javi y sus amigos no la liaban demasiado, no nos lo ponían fácil.
Una de las cosas que más nos gusta a las dos es viajar, así que intentábamos todos los años hacer un viaje o una escapadita si no teníamos mucha disponibilidad.
Nos encantaba pasar tiempo en su casa y todos sabían que cuando yo estaba allí era mejor que me cruzase lo mínimo con su hermano porque siempre acabábamos discutiendo, cuando teníamos que pedir comida, estaba claro que si él quería comida china yo iba a preferir una buena pizza, si había que elegir algo que ver en la televisión él iba a preferir una película de acción y yo una buena película para reírme hasta que me doliesen las mejillas. Y si a alguno se le ocurría ceder, el otro cambiaba de opinión. Casi siempre Carlota nos mandaba a freír espárragos y elegía lo que ella quería. Por lo menos así todos seguíamos con todos los miembros del cuerpo intactos y la boca cerrada.
Ahora que ya os he puesto en situación ya puedo abrir el melón, como se dice en mi tierra.