Os voy a contar una historia que parece de peli de Antena 3 pero la he vivido yo en carne propia. Mi marido me la estaba pegando y no me bastaba con enterarme que quise ir a por la otra, mirarla a los ojos y hacerla sentir como una cucaracha. Yo quería que se sintiera insignificante, que pensara: con esta mujer no puedo competir ni en sueños. Lo sé ya sé lo que estáis pensando.
Porque yo siempre he sido de ir con la cabeza alta: buena carrera, buen cuerpo, pasta suficiente para no depender de nadie, mi coche, mis viajes. Y me entero de que el idiota me la está pegando con una chica sin estudios que limpiaba su oficina.
Me planté en su curro entré con la frente alta, paso firme, como si fuese yo la reina del cotarro. La saludé fría y le dije que yo era la oficial, la que estaba en la cama grande de matrimonio, la que se iba de vacaciones, la que tenía la vida resuelta. Que ella solo era un pasatiempo barato, una anécdota de contar a los amigotes. Vamos que yo no me rebajaba ni a competir porque ni había comparación.
Pero entonces va la tía me mira tranquila y me suelta:
—¿Y de qué te sirve todo eso reina si él me busca cada día? Tú tendrás tu carrera y tus lujos, pero a mí no me hace falta mendigarle nada. No tengo que suplicarle que se quede, viene solo. Yo no me estoy humillando, la que está aquí haciendo el numerito eres tú.
Os juro que esas palabras me atravesaron. Salí de allí con el ego por los suelos, sintiéndome exactamente como yo quería que se sintiera ella: pequeña, ridícula. Y me dio el bajón de la vida porque coño tenía razón. Yo con todo lo que tenía, era la que estaba sufriendo y arrastrándome por un idiota. Ella, que supuestamente era menos, estaba tan pancha, como si tuviera el control de todo.
Ese día abrí los ojos: yo no estaba defendiendo mi matrimonio, estaba defendiendo mi puto orgullo. Y por orgullo me estaba tragando cuernos, rebajándome a enfrentarme con otra mujer por un tío que no lo valía.
Lo dejé. No porque ella me lo hubiera quitado, sino porque entendí que el que me estaba quitando la dignidad era yo misma, por seguir atada a alguien que ya no me respetaba. Me arrepiento de haber pensado así en un momento de mi vida, pero me sirvió para crecer como persona y quitarme muchos prejuicios. Espero que no me pongáis muy a caldo jeje