El otro día lo comentaba con una buena amiga, nunca había hablado sobre este tema con nadie, ni siquiera con mis padres ni mis mejores amigas. Creo que realmente lo que ocurrió fue que normalicé lo que me había pasado, pero sobre todo, lo mal que me sentí aquellos días.
Cuando cumplí 17 años mis abuelos decidieron regalarme un tratamiento endocrino. Así como os lo digo. Llegué de clase, contenta y con mil historias de 1º de Bachillerato en la cabeza y mi madre me dijo feliz que debía llamar a mis abuelos ya que su regalo por mi cumpleaños era el pagarme un endocrino para adelgazar. Pesaba entonces 80 kilos, medía 1.60, y llevaba toda la vida siendo la gorda de la familia (por detrás de mi madre, pero con ella se ve que ya habían tirado la toalla).
Y cuando ves que todo el mundo a tu alrededor celebra el que tú vayas a bajar de peso como si les hubiera tocado la lotería, a pesar de que a ti siempre te ha dado igual tu peso, pues te subes al carro y prometes seguir a rajatabla lo que te diga el médico.
De repente todo mi mundo era la dieta. En casa, cuando quedaba con amigas, en clase… Todo el mundo sabía que yo estaba a dieta estricta de la mano de uno de los endocrinos más importantes de la ciudad. Nadie hablaba sobre lo monotemática que me había vuelto, las vueltas que le daba al hecho de bajar cada semana de peso, o lo mucho que me comía el coco si una semana no había adelgazado lo que se esperaba de mí. Porque claro, si en lugar de 3 kilos tan solo bajaba 2 era evidente que algo no había hecho mal, que me había pasado algún día y que recordase que mis abuelos estaban pagando mucho dinero y dejase de hacer el tonto.
En tres meses logré bajar casi 10 kilos, y lo peor de todo es que yo apenas me lo notaba. Veía que la ropa se me caía pero por dentro yo seguía viéndome como la gorda de siempre. Pesaba entonces 70 kilos, y llegó el verano.
Me apunté a un campamento de verano como hacía cada verano y aquella mañana, apenas dos días antes de irme, decidí comentárselo al doctor para que él supiera que durante 15 días yo no iba a poder seguir a rajatabla sus menús hipocalóricos. Sus palabras me hicieron sentir mal »es que con lo que nos ha costado, y todos sabemos lo mal que se come en los campamentos…» No sé si esperaba que me echara atrás y optase por quedarme en tierra pero me mantuve fría y solo asentí dándole a entender que era lo que había, entonces continuó añadiendo »bueno, vamos a tener fe en que harás el deporte suficiente para quemar todo lo que comas, por favor intenta no comer fritos y si es indispensable trata de quitarles los rebozados, utiliza el sentido común».
Como imaginaréis, según aterricé en aquel campamento me olvidé de todo. Me pasaba el día haciendo ejercicio, en la playa, jugando al baloncesto, haciendo vela, corriendo por el recinto, actividades a tope… Cuando llegaba la hora de comer lo último que me apetecía era ponerme a diseccionar la milanesa o no pinchar un buen puñado de patatas fritas del plato. Me comportaba como el resto de mis amigos, sin más.
Para cuando volví, mi madre me preguntó si me había pasado mucho comiendo. Yo le dije que había comido como todo el mundo y ella dudó un momento echándole un vistazo a mi culo. Poco conforme con lo que veía, como imaginándome allí poniéndome tibia de fritanga y dulces.
Apenas dos días después de mi vuelta regresé a la consulta. Mi abuela me acompañaba segura de que lo había echado todo a perder yéndome a aquel campamento. Porque a ellos les daba igual que fuese el último año que podía disfrutar de un campamento, lo importante según parecía era adelgazar más y más y más.
Me subí sobre la báscula mientras el doctor me preguntaba si lo había pasado bien, y antes de poder responderle lo escuché brusco »tres kilos, señorita, has engordado 3 kilos». Aquellas palabras retumbaron en mi cabeza y todavía lo hacen de vez en cuando. Me giré y miré a mi abuela que me observaba con cara de decepción. Bajé de la báscula y me senté ante al doctor, avergonzada, sintiéndome como una mierda porque claro, ya no pesaba 70 kilos, sino 73, y era el mayor fracaso de la historia de los fracasos (léase con ironía).
El endocrino comenzó entonces a preguntarme qué era lo que había hecho mal. Me hizo resumirle cada uno de los menús, cada una de las veces que había comido lo que no estaba permitido, como aquella tarde en la playa en la que todos fuimos al chiringuito y yo me comí una bolsa de patatas al igual que el resto. »Mal hecho, y lo sabías, lo que hagan los demás te da igual, tú te comes una manzana porque no te puedes permitir una bolsa de nada».
Después él y mi abuela optaron por poner verde a la Administración Pública por alimentar tan mal a los jóvenes. Por darnos patatas en lugar de arroz blanco, por ponernos tostadas para desayunar en lugar de frutas. No defiendo a nadie, seguramente en parte tenían razón, pero yo en aquel momento solo me sentía como una mierda absoluta por haberme permitido disfrutar de una quincena en aquel lugar.
Fue entonces cuando el doctor decidió hacerme un efecto de choque redactándome una dieta más estricta para afrontar esos kilos que habíamos ganado (porque para él mis kilos eran sus kilos). Vi como escribía sobre un papel restringiéndome mucho más los alimentos, si antes podía comer patatas y arroz dos veces a la semana, ya no, y ese trocito de pan al día, también desaparecía. Empecé a pensar en lo triste que estaba siendo todo aquello, en lo injusto que era, en que yo no había hecho nada malo y que mis amigas había comido lo mismo que yo y no tenían que pasar por aquel castigo. Me dieron unas ganas de llorar tremendas y entonces lancé mi pregunta.
»Tengo una duda, ¿esto quiere decir que a partir de ahora voy a tener que comer de dieta toda la vida?»
El doctor volvió a mirar a mi abuela y respondió »mujer, podrás comer saludable, pero es evidente que no vas a poder ponerte fina a bollería industrial o a fritos como antes…»
»Pero es que yo no me llenaba de esas cosas precisamente, como como una personal normal, como el resto de mi familia.»
Aquella última afirmación pudo haber encendido su alarma sobre mi metabolismo, pero lo que decidió afirmar aquel señor fue que hay cuerpos más agradecidos que otros y que si yo quería estar delgada me tocaba suprimir muchas cosas de mi dieta.
Opté por darle la razón a todo, coger la hoja con el menú y darle las gracias despidiéndome hasta la próxima semana. »Ponte las pilas», me dijo antes de cerrar la puerta.
Mi abuela me soltó un segundo rapapolvo sobre lo mal que le había sentado lo que había hecho y yo puse el automático hasta que llegué a casa. Puse sobre la mesa de la cocina la dieta y una vez mi madre se puso a revisarla se lo solté:
»Ni la mires, no pienso seguir con esto, no pienso pasarme toda la vida comienzo acelgas al vapor y filete a la plancha. Me gusta comer de todo, no quiero ser diferente a los demás porque mi cuerpo no asimile igual la comida. Me niego a seguir con esto.»
Mi declaración de intenciones me supuso una bronca por parte de mi madre en la que me recordaba que mis abuelos se habían dejado mucho dinero en aquel médico. Le dije que antes estaba mi salud mental y que contar calorías y sentirme culpable era demasiado tóxico para mí. Me costó más de dos semanas poder sentirme bien al comer lo mismo que los demás. En cada comida mi madre me preguntaba »¿tú como nosotros?» y yo asentía con la cabeza. Llegó el día en el que ya no hizo falta que preguntase y como por arte de magia mi gráfica de peso desapareció de la nevera (sí, allí todo el mundo había tenido acceso a mi éxito de adelgazamiento).
¿Al doctor? Ni lo llamé. Un día me lo crucé por la calle y se acercó muy educado para preguntarme cómo me iba todo. Yo solo le dije que estupendamente y sonreí imaginando que aquel señor era consciente de que ya no pesaba 73 kilos sino probablemente alguno más.
Fue un año tóxico y creo que, en el fondo, esa niña de 17 años que yo era supo frenar a tiempo de lo que se me venía encima.