Hola chichas! os mando el principio de un relato en el que llevo un tiempo trabajando! espero que os guste! besos!
Llegaba tarde a la hora de cenar, seguramente todas la estarían esperando ya sentadas con su copa de vino blanco y parloteando sin cesar. Intuía cuáles serían los temas de la noche, porque las conocía demasiado bien, eran un libro abierto y ella conocía cada página. En esos momentos, Sophie se estaría quejando de aquel socorrista guapísimo qué no había querido nada con ella porqué tenía novia en casa, para ella había sido la última estocada a unas vacaciones que se presentaban perfectas y no habían resultado tal, al menos para la muchacha. Rechazarla a ella… pero, ¿quién se había creído que era? No era más que un pueblerino guaperas y cómo él había mil más en todas partes, pero ella sabía que en el fondo no era uno más, él era diferente y ella, cuando estaba con él, también era otra. Por ese motivo, le molestaba que no hubiera habido nada más, que se hubiese resistido y sobretodo, lo que la repateaba por dentro, era que ella se había quedado con las ganas. Si hubiese dispuesto de más tiempo, seguramente habría trazado un plan, pero las vacaciones terminaban y ella quería disfrutar de la última noche con las chicas. Ellas eran las únicas que la entendían, apoyaban y respetaban incondicionalmente.
Mientras tanto, Mery estaría allí escuchándola y asintiendo, ella casi nunca tenía nada que contar. Miento, sí tenía que contar, el problema era que no quería. Su cabeza daba constantes vueltas, que sí su madre y sus historias, que sí padre y sus problemas, su hermano pasando de todo, y por último, su relación con Miguel era un sin vivir. No podían estar separados porque llevaban muchos años juntos y prácticamente se podía decir que se habían convertido en adultos juntos, pero ambos sabían que desde hacía bastantes días aquello no iba ningún lado. Se ahogaban, necesitaban un cambio.
Estas vacaciones con las chicas había aprendido dos cosas: que podía vivir sin Miguel a su lado y, lo que más la asustaba, que no le echaba de menos. Era cruel, pero era verdad y no podía negarlo, ahora su relación no era más que un estorbo. De repente, tras pararse a recordar estos pensamientos volvió a la realidad de Sophie, y seguidamente se puso de nuevo a asentir.
Por último, Laura estaría allí analizando la situación y, para desgracia de Sophie, dándole su sincera opinión. Aunque le repateaba la sinceridad con la que Laura decía las cosas, la escuchaba como si fuera su oráculo personal. Sabía que ella nunca la juzgaba, pero si que intentaba que viera las cosas tal y como eran, para evitar un mal mayor. En este caso, Laura sabía que su amiga se encontraba en territorio desconocido y eso la desconcertaba, cosa muy difícil de conseguir. ¡Ese chico había sido toda una sorpresa!
Desde su habitación en la casa de veraneo que la tía de Mery les había prestado, nuestra Julia podía oír cómo una de ellas, juraría que era Amanda, todavía llegaba más tarde que ella. ¡Menos mal…! pensó. Así no se sentiría tan culpable por llegar siempre tarde. Se iban justo al día siguiente y Amanda llevaba tres días quejándose de la vuelta a la rutina, es decir, llevaba la mitad de las vacaciones lamentándose de que duraban muy poco. Sospechaba que realmente era la que más iba a echar de menos esos días con las chicas, cuando volvían a la ciudad cada una de ellas llevaba una vida muy diferente y ella la que llevaba la maldita rutina más adentro. Después de entretenerse sin darse cuenta en meditaciones absurdas, se puso en marcha otra vez, debía terminar de arreglarse. Julia sacó de su maleta esos preciosos tacones de pailletes negros que había estado reservando para una ocasión especial, y sin ninguna duda aquella noche lo era. No sólo era una cena de despedida de las vacaciones de cinco amigas, era la noche en que cada una empezaba un cambio en su vida y ninguna de ellas era todavía consciente de eso. Durante esos días habían tomado el sol y la luna, habían reído y llorado a partes iguales, habían bebido más mojitos y vino que en ninguna otra ocasión, se habían peleado, habían hablado de triviliades (chicos, ropa, perfumes, maquillaje…) pero también se habían sincerado como lo hacían ellas, sin pudor ni vergüenza, sabiendo que enfrente tenían a unas confidentes que no iban a juzgarlas, sólo a aconsejarlas y comprenderlas, y en caso de no poder decir nada, sólo iban a callar y escuchar.
Se puso esos impresionantes zapatos nuevos, su vestido nuevo, se atusó el pelo ya seco después de su refrescante ducha y acabó de maquillarse, sólo le falta el rimel y el eyeliner negro. ¡Lista! Cogió su cartera de mano y ya estaba lista para comerse el mundo, aunque ella no lo supiera. Porque Julia no sabía eso, ella no se veía, es decir, si se veía pero no como la veían desde afuera, ella era otra historia.
Llamó a Amanda a voces y ella apareció fantástica como siempre, perfectamente peinada y maquillada, lo cual no tenía tanto mérito ya que era su profesión. Amanda era su mejor amiga, se conocieron todas en el colegio y con ella congenió enseguida. Era la mejor persona que había conocido nunca, aunque también era frágil e insegura. Era morena, alta y con cuerpo de infarto, sin embargo, tenía un pésimo gusto para los hombres. Sus dos novios oficiales, hasta el momento, y los de tapadillo eran todos unos capullos tarados emocionales que veían en ella un trofeo que exhibir delante de los colegas; no se puede decir que no la quisieran, porque la querían, aunque la querían muy mal.
Para Julia todo lo de ponerse guapa le gustaba pero no era demasiado propensa a ello, sólo en ocasiones que lo merecieran. Sabía que debía cuidarse un poco más pero, francamente, esas cosas le resbalaban soberanamente. Julia siempre había sido lo que se dice, una chica normal. Ni guapa ni fea, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, la normalidad hecha persona. Para todos los de fuera, Julia era castaña, con una melena preciosa que le llegaba hasta media espalda, con unos intensos ojos oscuros. Su rostro era afable, y entre todas las cosas destacaba por su amplia sonrisa. Sin embargo, si que destacaba entre todas sus amigas por su inteligencia, su rapidez mental y, sobretodo, por su humor. Siempre tenía una buena palabra, una sonrisa, y cuando algo le parecía verdaderamente gracioso estallaba en carcajadas. Unas carcajadas que llenaban cualquier habitación, de esas que se contagiaban y llenaban el alma. Obviamente, los años habían pasado y nuestra Julia había dejado el instituto, había empezado en la universidad, y se había convertido en una mujer. Había cambiado su estilo hacia un bohemian chic, se había cortado el pelo, dejado flequillo, utilizaba cremas y cosméticos de calidad, su lucha contra la báscula seguía resistiendo, pero era otra.
– Fiuuuuu, fiuuuuu! – Silbó Amanda. – ¡Vaya cambio, chica! Me gusta como te quedó el pelo la última vez que viniste, te da un aire más modernillo.
– Anda Amanda, si pareces mi madre con lo de modernillo! – Dijo Julia partiéndose de risa. Entonces Amanda se empezó a reír con ganas, tenía razón Julia, se le estaban empezando a pegar los vicios de las clientas de la peluquería.
– ¡Amanda, tu si que estás imponente, nena! ¡Ese vestido te sienta genial! ¡Pero venga, démonos prisa que esas tres deben estar que trinan! – Sentenció Julia, recogiendo a prisa todo lo que le faltaba por meter en la cartera de mano.
Salieron volando de casa y enfilaron la calle principal del paseo marítimo donde se concentraba todo el barullo de tiendas, bares y restaurantes. Habían quedado con las chicas para la cena de despedida de sus vacaciones, en un italiano al que habían ido la segunda noche y del que quedaron prendadas. No sólo por su comida sino también por sus camareros, recién traídos de la mismísima Italia. Esos ojazos verdes, ese moreno…Uf! las chicas se sentían pletóricas en ese local, por eso habían decidido que no podía haber mejor última cena que allí.
Cuando entraron por la puerta, tal como esperaban, hubo de todo: aplausos, silbidos, abucheos de broma, y sobretodo, muchas risas. Eran las últimas en llegar, y eso tenía un precio a pagar, el de pasar los cinco minutos de vergüenza de rigor. Cuando todo hubo terminado y ya estaban más coloradas que los tomates en el mes de agosto, fueron hasta la mesa dónde ya estaban sus amigas.
El Amaretto tenía un aire antiguo, romántico, muy a lo casa en la Toscana. Se sentían cómodas, colores cálidos en las paredes, todas las mesas tenían un juego de sillas de diferentes colores y modelos, ninguna tenía pareja. A lo mejor podías encontrar una silla hermana pero con tapicería de otro color o más baja o más alta. Las mesas, en cambio, si que eran todas iguales, redondas para que todos los comensales se vieran y hablaran y comieran como si de verdad estuvieran en una típica comida italiana, estaban hechas de madera oscura y porosa, que les daba un toque antiguo y muy acogedor.
Empezaron a volar las botellas de vino blanco y las chicas cada vez se tiraban más de la lengua de lo debido, a medida que pasaban las horas se caldeaba el ambiente…
– ¡Pero que gilipollas! ¿Os lo podéis creer? Después de andar mareando la perdiz, no va y me dice que no, ¡que tiene novia en el pueblo! – Sophie intentaba reírse mientras lo contaba y a ellas les daba que estaba tan enfadada que en cualquier momento iba a estallarle la cabeza. – Pero ¡bah!, yo paso. Que si, que es muy mono y que es encantador y todo lo que queráis, pero vamos me juego lo que sea a que la tranca no se le levanta de tanto anabolizante… – Sophie levantó las cejas y puso esa mirada de vosotras ya me entendéis, ejem ejem.
Todas empezamos a reírnos como si no hubiera mañana, sólo Sophie podía reducir un tío a una simple erección y quedarse maravillada de su síntesis. No nos la daba con queso, todas sabíamos perfectamente que estaba jodidísima porque él había pasado de ella, y eso en si era gracioso, porque ella no sabía cómo reaccionar ni que hacer.
¿No habéis conocido a nadie en vuestra vida a quién toda parezca irle genial? ¿Al que se le cumplan todos los deseos del/la susodicho/a? Sophie era una de esas odiosas personas. Si, es su amiga y la quieren con locura, pero hay que reconocer que nació con todo el maldito firmamento grabado en sus perfectas posaderas. Así que, que un socorrista de un ignoto pueblo de una ignota isla la rechazara fue una de las sorpresas del verano.
Para el resto, las vacaciones habían tenido un aire más de viaje de amigas que otra cosa, valía decir que dos de ellas estaban emparejadas y eso, indiscutible, era un factor importante a la hora de planificar las salidas.
Sophie, Laura y Julia eran las solteras, aunque cada uno a su estilo. El estilo de Sophie puede intuirse por la historia del socorrista, el de Laura se basaba en Internet. Allí conocía a sus amores de ida y vuelta, tan variados como lo es el mundo, los había en cantidad aunque ninguno la convenció hasta el momento. El estilo de Julia era completamente austeniano, su leitmotiv era el de sufrir. Sufrir por amores no correspondidos, por amores idealizados, por hombres que parecían y luego no eran, y poco a poco, se fue aislando del mundo varonil. Centró su atención en millones de cosas que la rodeaban e interesaban, y de esta forma, nuestra Julia se olvidó de vivir.
Dejando atrás la historia de Sophie, las chicas se trasladaron unos días atrás cuando todo empezó.