Esta es la diminuta historia de la observante.
La observante esta hecha de flores que, en ocasiones, se mueren un poco.
La mejor forma de evitar que esto pase es recordándole todas las cosas bonitas que hay y soplándole un poquito de aire fresco.
La observante mira, porque es observante, aunque a veces prefiere cerrar los ojos.
Sobre todo, cuando hay arañas cerca.
La observante tiene miedo, desconfía entonces.
Y colapsa.
La verdad es que no hace falta mucho para hacerle nadar en lagrimas, eso le pasa por tanto mirar.
Aunque he de decir que para ella no es un problema ser observante, porque ha aprendido a bucear y cuando las aguas saladas de sus ojos mirones la inundan, ella flota.