Trabajo en un hospital. En un equipo pequeño. Aquí no hay huecos: cuando alguien falta, el trabajo no desaparece, se reparte. Y casi siempre acaba cayendo sobre las mismas.
Tengo 39 años. Llevo más tiempo. He asumido más guardias, más marrones, más responsabilidades de las que salen en ningún contrato. Y ahora mi compañera más joven se ha quedado embarazada. Me alegré por ella, claro. Pero también pensé lo obvio: me va a tocar a mí.
Y no, no me parece justo.
Porque justo ahora estoy a punto de empezar un ciclo de FIV. Y la FIV no es “tengo una cita médica y ya”. Es cansancio, hormonas, citas, miedo, dinero, la cabeza en otra parte… y aun así seguir trabajando como si nada. Turnos, presión, pacientes. Sonreír y tirar.
No es contra ella. No es personal.
Es contra esta lógica de hospital en la que algunas siempre podemos con más.
He trabajado más. He estado más tiempo. He sacado adelante cosas cuando hacía falta. Y cuando la vida de otra persona avanza —por algo importante, algo bonito— la carga se recoloca… sobre mí. Como si mi cuerpo fuera el comodín. Como si mi proceso no contara porque no se ve, porque no se celebra, porque no queda bien en una foto.
No estoy celosa. Estoy harta.
Harta de que lo mío no pese.
Harta de ser la profesional fuerte, responsable, disponible… incluso cuando estoy al límite.
No quiero ser la mujer comprensiva que lo entiende todo mientras se traga el desgaste.
Quiero decirlo claro: esto me toca, me cansa y no es justo.
Quizá no queda bonito.
Pero es la verdad.
