Tengo un bebé de un mes. El embarazo no fue malo, aunque devolví mucho y cogí pocos kilos. El parto se complicó y acabó en cesárea. Siempre he sido bastante sensible y todo me afecta mucho. Esto se acentuó durante el embarazo y, una vez nacido el bebé, todavía más: lloro hasta con los anuncios de la tele, me enfado con cualquier cosa y soy la persona más feliz del mundo con solo mirar a mi hijo.
Sabíamos que la vida nos iba a cambiar, pero no pensé que me reventaría tanto la cabeza. No dormir nos está afectando y tengo la sensación constante de que no llego a todo.
Mi marido y yo llevamos juntos más de diez años. Cuando empezamos, yo era adicta al gimnasio y él a hacer rutas largas por la montaña. Físicamente estábamos en nuestro mejor momento.Los últimos años nos hemos ido dejando poco a poco. Los dos hacemos menos deporte y, sobre todo, comemos peor.
Coincidiendo con el embarazo, a mi marido le empezó a doler la espalda. Le hicieron pruebas y, en principio, no tiene nada y lo achacaron más a malas posturas.
Los días en el hospital, cuando nació nuestro hijo, él no se separó de mí. Estuvo pendiente cada segundo y por las noches se quedaba en el sillón de la habitación, que es incomodísimo. El dolor de espalda aumentó.
Cuando por fin nos dieron el alta, en el mismo ascensor del hospital mi marido me dijo que había decidido ponerse a dieta, que el dolor de espalda podía ser por los kilos de más y que se los tenía que quitar. Le dije que me parecía una gran decisión, pero que quizás debía retrasarla, ya que nos esperaban días intensos.
Ni caso me hizo y esa noche ya estaba contando calorías y vigilando alimentos sanos. Además, me dijo que por la mañana se iría a caminar un par de horas, que su cuerpo lo necesitaba. «¿Y lo que necesita mi cuerpo?» pregunté y me ignoró.Hemos pasado todo este mes con mi marido cocinando mucho comida saludable, lo que para mi recuperación es bueno. Pero dedicándole mucho tiempo, lo que para mi cabeza no es nada bueno.
Me paso el día sola con el peque en brazos. Mi marido o está en la cocina o está paseando. Si le pido chocolate o cosas así me dice que no me lo compra, que no es bueno. Si le reprocho algo, sale siempre a la defensiva y a repetir que lo necesita. Parece que se ha olvidado de que pasé una cesárea y estoy alimentando a su hijo.
Llegan las visitas y parece el padre perfecto: cuenta todo lo que me ha preparado para comer, en ese momento coge a su hijo (al que solo coge cuando le suplico que quiero ducharme) y hasta dice de cambiarle el pañal (cuando estamos solos no se lo cambia nunca). Además, en este mes ha perdido ya bastantes kilos y, en lugar de preguntar por cómo me estoy recuperando yo, le preguntan a él cómo está y parece que todo gira a su alrededor y de mí nadie se acuerda.
Había leído que no hay que tomar decisiones transcendentales en los primeros meses de vida de un hijo, porque la cabeza no piensa como debería y puede que luego uno se arrepienta. Pero no puedo evitar pensar que le quiero dejar. No sé cómo imaginaba el posparto, pero tengo claro que no era sintiéndome tan sola.
