No hay peor ciego que el que no quiere ver. Hasta un crío de cinco años se hubiera dado cuenta de que mi ex mentía más que hablaba y que en nuestra relación sólo había dos cosas seguras: que él me ponía los cuernos con todo cuanto se le ponía por delante y que yo era tan imbécil que no me quería dar cuenta. Lo cierto es que la fama ya le precedía mucho antes de empezar a salir conmigo, pero en vez de espantarme, su toxicidad me terminó atrayendo inexplicablemente, como los mosquitos a la luz.
Supongo que uno de los muchos (muchísimos) errores que cometí fue creer que conseguiría cambiar su forma de ser, ese complejo de salvadora que muchas hemos experimentado y que nos hace pensar que se enamorará perdidamente de nosotras y será una persona diferente a como había sido con sus exs. Porque si os lo estáis preguntando, sí, les fue infiel a todas y cada una de ellas y ¡oh, sorpresa!, yo no fui una excepción.
Como suele ocurrir al principio de todas las relaciones, no podíamos pasar un segundo separados el uno del otro y nuestro día a día consistía en estar juntos sin apenas relacionarnos con nadie más. Que él quisiera pasar todo su tiempo conmigo me pareció muy dulce, nunca antes un chico había perdido el culo por mi de aquella manera. Lo que no supe ver entonces fue que sus ganas de estar a mi lado las veinticuatro horas del día se basaban en que yo era su muñeca hinchable particular; sólo ahora soy consciente de que confundí amor con interés y que incluso llegué a romantizar aquel comportamiento.
Según fueron pasando los meses y él se fue acostumbrando a mí, arrastrando cierta monotonía a duras penas ya mal disimulada, noté que cada vez pasábamos menos tiempo a solas y sus amigos ocupaban ahora casi todo su tiempo. No me pareció mal ni mucho menos, pensé que era totalmente normal que necesitara socializar con otros tíos. Sin embargo, cuando yo quise hacer lo mismo con mis amigas, a él no le pareció tan natural y fue entonces cuando empezaron las discusiones. Finalmente se las arregló para hacerme sentir la peor escoria cada vez que se me ocurría hacer planes con mi círculo y, por supuesto, justificar todas las juergas que él se pegaba con sus colegas.
Y es que lo mío, era vicio y provocación, pero lo suyo era de lo más inocente. Me da una vergüenza tremenda admitir que durante años dejé de quedar con mis amigas, que me perdí un montón de momentos increíbles con el único objetivo de que mi ex no se enfadara conmigo mientras él se iba de fiesta y desparramaba lo más grande. No tardé en escuchar rumores sobre sus salidas nocturnas y ciertas acompañantes femeninas, pero tal y como os podéis imaginar, él lo negó todo; aquellas chicas eran simplemente amigas o “novias de”, nada por lo que tuviera que preocuparme.
Tonta de mí, me olvidé del tema y continué justificando cada una de sus mentiras cada vez que las descubría. ¿Que una chica le llamaba insistentemente? Una pesada que no podía quitarse de encima. ¿Que me decía que no iba a salir y le pillaba fotos de fiesta al día siguiente? Es que le liaron a última hora y no me quiso despertar para avisarme. ¿Que no quedaba conmigo el día de San Valentín porque estaba en clase pero cuando iba a buscarle para darle una sorpresa allí no había nadie? Es que justo se acababa de ir a comprarme flores y yo era una loca que le estaba espiando y desconfiaba de él. ¿Que aparecía sin las flores? Se las había olvidado en la tienda.
Por aquel entonces, mi ex vivía con sus padres y las noches que se dignaba a honrarme con su presencia, me quedaba a dormir en su casa. Sobra decir que lo que menos hacíamos era dormir y que aunque mis ex suegros rondaban por allí, le dábamos al tema como si no hubiera un mañana. Ahora que lo pienso, los ratos que pasábamos juntos por
aquella época carecían absolutamente de intimidad más allá del sexo; no teníamos conversación, no había cariño por su parte, ni interés real por mi día a día. Siempre me sorprendió la naturalidad con la que sus padres se tomaban que su hijo llevase a su novia a casa a dormir y a hacer vete tú a saber qué como si aquello fuera un picadero. De hecho, cuando me levantaba por las mañanas y me iba a casa, su madre me preparaba el desayuno de mil amores, no sé si porque realmente me apreciaba o porque le daba pena.
Después de un par de días sin pasar por allí, mi ex me propuso ver una película en su habitación una tarde. Su madre me recibió tan cariñosa como de costumbre, me guiñó un ojo y me dijo que había dejado mis braguitas lavadas en el escritorio de la habitación de mi ex. En aquel momento quise morirme de vergüenza, ¿cómo había podido olvidarme de ponerme la ropa interior y dejarla por ahí tirada? Pero a los pocos segundos caí en la cuenta de que en la vida me había dejado olvidada la ropa interior en ninguna parte. Cuando llegué a la habitación encontré un tanga diminuto de color fucsia que, lógicamente, no era mío. No quise entrar en pánico, me dije a mí misma que no podía ser, que habría alguna explicación. Él me dijo tan tranquilo que era de su hermana, pero, ¿qué sentido tenía que las bragas de su hermana hubieran aparecido en su habitación si ni siquiera vivía allí?
La cabeza me daba vueltas, no era capaz de pensar con claridad, a pesar de que era evidente lo que había pasado. El muy cerdo había llevado a otra a su casa, ésta se había olvidado las bragas y, su madre, que las había encontrado, había dado por hecho que eran mías. Nunca pensé que un trozo de tela minúsculo pudiera ser capaz de abrirme los ojos, pero así fue. Llevaba años mirando hacia otro lado, pero aquello era injustificable; a pesar de que intentó darme mil y una explicaciones sobre la aparición de aquellas braguitas en su habitación, no quise escuchar. Perdí más de tres años de mi vida a su lado y a día de hoy aún me pregunto cómo no fui capaz de ver las banderas rojas que fueron apareciendo desde el principio, pero supongo que más vale tarde que nunca.
