Hoy, mientras miraba fotos de mi adolescencia, he sentido la necesidad de escribir esto: NIÑAS, SOIS TODAS JODIDAMENTE PRECIOSAS.
Veréis, para entender esta historia, es necesario empezar por el principio.
Cuando yo era adolescente la mayor parte del tiempo me sentía como una mierda. Siempre sentía que no terminaba de encajar, que mis amigas eran más inteligentes, más simpáticas y por supuesto más guapas y delgadas que yo.
Recuerdo mi adolescencia como un periodo de apatía, timidez extrema y ganas de pasar desapercibida. También de dietas, sufrimiento por las subidas de peso y lloreras en los probadores cuando no me entraba la 38.
Mi grupo de amigas era bastante popular, sin embargo yo siempre me creí invisible a los ojos de los demás y como no, a los de los chicos.
CHICOS, el gran drama de mi adolescencia. Horas y horas pensando en por qué nadie se fijaba en mí, por qué a mí no me piropeaban, por qué nadie me quería. Hoy tengo la respuesta: CHICA, ERAS UNA JODIDA REINA DE HIELO.
Me explico, mi timidez extrema (incluso diría que patológica en plan Raj Koothrappali) y mis muchos complejos se teñían de un halo de bordería y cara de pocos amigos. Cuando un chico se me acercaba, mi cerebro asumía automáticamente que venía por alguna de mis amigas y ni le miraba. Además, siempre he sido una romántica empedernida y me alimentaba de amores platónicos, imposibles o tormentosos. En fin, un cóctel molotov para el mal de amores y el drama romántico.
¿Y cómo se resume todo esto? FALTA DE AUTOESTIMA.
Os juro que toda mi vida he creído que tenía las dimensiones de un camión. Siempre, siempre, me he visto gorda, enorme, fea y desproporcionada. Y aún más durante esos años.
Pues bien amigas mías, durante mi adolescencia pesaba entre 50 y 60 kilos, un peso más que aceptable. Tenía una cintura perfectamente definida y joder, las tetas en su sitio. Pero yo me veía fatal. Me comparaba constantemente con mis amigas y ellas no eran yo, ellas eran harina de otro costal y de otro tipo de constitución. Pero su cuerpo era mejor, su pelo más bonito, sus dientes más perfectos… TODO era mejor que lo mío.
Ahora viene el kit de la cuestión. Hoy he visto esas fotos, fotos de hace más de 10 años, en las que peso más de 30 kilos menos que ahora y también era 30 veces más infeliz.
Os lo juro, me he visto realmente guapa, incluso más que mis amigas a las que siempre tuve en un escalón superior.
Y he sentido mucha pena por la niña que fui. Pena por todo lo que pasé, por lo mal que me sentí con mi cuerpo, lo mucho que lo odie sin razón alguna. Pena por no saber valorarme y por no disfrutar de esos años totalmente libre. Pena por no ir a la playa, por no ponerme minifaldas, por no enseñar cacho y por no ligar con descaro. Pena por todo el tiempo que perdí con los complejos que solo estaban en mi cabeza.
Ahora sí que he engordado y soy una gorda de verdad. Mi peso supera el IMC adecuado, las tallas del Zara y el límite de algunas atracciones. Pero con veintitantos algo en mi cabeza hizo click y me liberé. Amé mi cuerpo y amé todo lo que era, todo lo que había construído con esfuerzo y dedicación y automáticamente las nubes negras que me habían acompañado durante toda mi vida desaparecieron.
Por eso te digo a tí, chica del instituto: NO ESPERES MÁS, QUIÉRETE AHORA.
Porque seas como seas, eres preciosa y lo serás siempre que sonrías.
Ama tu cuerpo, porque es el único que tienes y es tu hogar, no una cárcel.
Eres tan bonita y tan lista como las demás.
Disfruta de la vida y de todo lo que ella ofrece, porque no hay nada que te propongas que no puedas lograr.
Vive la vida con la intensidad que se merece.
Ponte lo que te de la gana, porque nada sienta mejor que la seguridad.
Y por último, reparte amor. Con todo el mundo, pero sobretodo, contigo misma.