Estoy embarazada de 27 semanas. Hace solo unas semanas que supimos que vamos a ser padres de una niña. Bueno, la verdad es que voy a ser madre de una niña.
Mi pareja y yo llevábamos 7 años intentando ser padres. Lo habíamos probado todo (salvo la in vitro) y mi marido lo estaba pasando muy mal. Empezaba a estar deprimido porque su sueño en la vida, siempre me lo había dicho, era ser padre en una familia numerosa. Cada ciclo mío que pasaba sin ver el test positivo era para él nuevo trance, y yo no me agobiaba demasiado o eso intentaba pero él lo hacía bastante difícil.
Llegué a proponerle la adopción. Habíamos visto a varios médicos y todos nos recomendaban recurrir a la in vitro para poder ser padres. La seguridad social nos cubrió varias inseminaciones que no funcionaron y después de muchos meses de pasarlo fatal decidimos darnos un tiempo sin pensar en nuestro embarazo. Seguimos adelante pero él cada vez estaba peor. Añoraba muchísimo ser padre y a mí me mataba no poder darle una familia.
Nuestra economía tampoco era ninguna maravilla así que un día opté por pedir un presupuesto en una clínica y solicitar así un crédito para poder pagar lo que nos pedía la clínica. Sabía que él estaría de acuerdo y puedo jurar que mis ansias de ser madre no eran tantísimas, pero sí de hacerle feliz.

Me quedé embarazada en el primer intento tras un tratamiento muy duro. Cuando vimos el test positivo recuerdo llorar mucho abrazada a él, era feliz al fin y yo por supuesto también. Pasamos las primeras semanas muy agobiados porque todo saliera bien. Teníamos mucho miedo a un aborto, a perder a nuestro pequeño, pero por suerte las cosas no se truncaron.
Y con el paso de los días mi marido estaba cada vez más raro. Imaginaba que todo era cosa de los nervios por la llegada de nuestro bebé, habían pasado 7 años desde aquella primera conversación sobre ser padres y quizás su ansiedad se estaba desatando. Pero con los nervios también llegaron las malas caras, las malas respuestas, los reproches… Pensé que a lo mejor estaba agobiado por el dinero, debíamos devolver un crédito con dos nóminas muy ajustadas, pero podíamos hacerlo. Él me repitió varias veces que ese no era el problema, que solo estaba nervioso por el hecho de ser padre.
Aunque no era normal. Nerviosa también estaba yo y no le dejaba en la cocina con la palabra en la boca, o me iba a dormir después de discutir por una tontería como si me fuera la vida en ello. Era una locura, y yo solo pensaba en preparar nuestra casa para la llegada del bebé.
Después de la ecografía de las 20 semanas, cuando supimos que nuestro bebé es una niña, le propuse irnos juntos a beber un batido y así celebrar que todo iba bien. Él aceptó pero en cuanto llegamos a la heladería lo noté si cabe más distante. Delante de aquellos dos enormes vasos de batido me paré a mirarlo y decidí preguntarle qué era lo que pasaba por su cabeza. Lo dije con cariño, esperando que me dijera que tenía miedo a la paternidad pero que todo iría bien. Su respuesta me dejó de piedra. Solo me dijo que aquello le quedaba enorme y que no estaba listo para criar a un bebé. Me pidió perdón sin mirarme a la cara y me dejó, nos dejó, allí solas.
A pesar de que salí tras él me fue imposible alcanzarlo. Llamé a mi hermana para contarle lo que me acababa de pasar. Nadie se lo podía creer, no después de tantos años y tras haber visto lo mal que él lo había pasado en cada test negativo.
Esa noche me llamó para pedirme perdón y únicamente me dijo que se iba de casa, que me quería pero no podía hacer frente a la llegada de un bebé, me repitió que todo eso no era para él y me deseó suerte. Su madre me llamó, su padre dejó de hablarle y ambos me prometieron toda su ayuda. Pensé que no llegaría tan lejos pero dos días más tarde se presentó en casa y sin poder mirarme metió toda su ropa en una maleta, volvió a decir que lo sentía mucho, y se largó. Se fue a otro pueblo a unos 150 kilómetros de la que había sido nuestra casa. Dejó su trabajo e hizo borrón y cuenta nueva olvidando más de 12 años de relación, pasando por completo de sus padres, sus amigos, sus hermanos, y por supuesto, de su hija.
A mi alrededor nadie comprende qué ha pasado, cómo su cabeza hizo ese click de una forma tan radical. Personalmente, y tras algo más de un mes para digerirlo, ya no me importa. Lo que sí tengo claro es que él no será jamás el padre de mi hija, y que no pienso aceptar una vuelta atrás por su parte. Lo hecho hecho está, y desde ya mismo yo soy madre soltera de mi querida pequeña.