Estoy embarazada de casi ocho meses. Todo va bien, por suerte, y aunque no me estoy preocupando por los kilos que estoy cogiendo, estoy teniendo muchas náuseas y no estoy engordando más de lo necesario. A eso se suma que no he sido una persona muy delgada nunca. Por lo que lo que lo que estoy engordando es lo perfecto.
Reconozco que cada una tenemos nuestros traumas. Fui a una niña y una adolescente gorda, con todo lo que supone. En medio de la universidad adelgacé bastante, pero cuando terminé la carrera estaba gorda de nuevo. Lo volví a intentar cuando empecé a trabajar y estuve un tiempo más o menos delgada. Después algo engordé, pero no demasiado, y me estabilicé. Y, por suerte, empecé a estar tranquila y dejé de preocuparme por la báscula.
Cuando me quedé embarazada tenía algún kilo de más, pero no muchos y, como decía, no me estoy obsesionando con el tema y estoy engordando lo justo y necesario.
Mi problema es la gente. Sé que es sin mala intención, pero que cuando alguien me vea me diga «qué gordita estás», me sienta fatal. «¿Cómo que gorda?» me dan ganas de gritar. «¡Estoy embarazada!». Alguna vez contesto educadamente que tengo mucha tripa, porque es la verdad.
Entiendo que es por mis dramas pasados y que nadie tiene por qué saberlos. Y también sé que el embarazo y las hormonas no son la mejor combinación. Igualmente, creo que la gente debería cuidar sus palabras, que tampoco cuesta tanto.
Supongo que no a todas las embarazadas les pasa lo mismo y seguro que muchas lo llevan bien. Por eso nunca contesto mal ni entro en discusiones. Tampoco lo hablo con mis amigas porque me da vergüenza reconocer que mis problemas con el peso son algo que siempre me ha afectado. Así que me siento muy sola.
Mi marido intenta entenderme, pero creo que no lo consigue. Lo único bueno es que pronto nacerá mi bebé y esto serán tonterías del pasado (o eso espero)
