Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Suena el despertador y me quedaría un poquito más en la cama. Me levanto y ni me ducho. Preparo el desayuno de los niños mientras me tomo un café caliente. Los levanto entre risas y quejas y consigo que se muevan. Desayunan, se lavan los dientes y nos ponemos camino del cole.
En los diez minutos de camino les pregunto si han dormido bien y qué les espera durante el día. Con suerte me cuentan si tienen un examen o si me tendrán que pedir alguna autorización.
Les dejo en el cole con un tímido adiós y sin un beso, que ya dejé de pedirles.
De vuelta a casa me paso por el supermercado. La carne y el pescado ya lo compramos el finde, las cosas pesadas nos las traen con un pedido online a casa, por lo que poco necesito. Aun así me paseo despacio por los pasillos buscando algo que comprar. Voy con la aplicación de yuka en la mano para ver si son saludables los productos o no. Pero la mitad de las veces no le hago caso; si me apetece una palmera de chocolate, no voy a renunciar por unos aditivos y un exceso de azúcar.
Al final compro una barra de pan, un brócoli para la cena y unos frutos secos para picotear.
Llego a casa y me pongo música. Termino de recoger los restos del desayuno y friego los cacharros. La casa nunca termina de estar recogida y el polvo vuelve a aparecer cada día.
Cojo el ordenador y abro InfoJobs, aunque no sé para qué. Tengo varios filtros y las novedades que me aplican ya me han ido llegando y están revisadas: no tengo la experiencia que piden, o me falta inglés, o exigen viajar. Otras veces no me gustan, no me parece que la ubicación me pille bien o el trabajo parece que será aburrido o la empresa va en contra de mis principios.
Después reviso las cuentas del mes, miro cómo vamos de dinero y tendré que esperar a las rebajas para unas zapatillas nuevas para mí. La indemnización todavía aguanta y menos mal que sigo cobrando el paro.
Miro la aplicación del gimnasio y pido plaza para una clase por la tarde, mientras los niños hagan los deberes con su padre. Pongo la televisión y veo un capítulo de alguna serie que solo me gusta a mí.
Recojo ropa tendida y pongo una nueva lavadora. El montón para planchar crece, pero tampoco parece que nadie necesite esa ropa.
Y así llega la hora de preparar la comida. Me pongo una copa de vino y pelo unas patatas. Como frutos secos y bailo por el salón.
De camino al colegio aprovecho para llamar a mi madre, que me pregunta si necesito algo, si me cocina o si quiero que venga. Ya sabe que le diré que no.
Recojo a los niños y responden con silencio a mis preguntas. Así que entiendo que todo bien. Comemos y les llevo a las extraescolares.
De vuelta del gimnasio devuelvo la llamada a mi hermano. Me pregunta por la búsqueda de empleo, si he visto los enlaces que me mandó, si he estado llamando a viejos contactos. Le digo que sí a todo y él solo me dice: «vendrá la siguiente crisis y si no tienes trabajo, ya no lo encontrarás». Nos quedamos callados y después hablamos de los niños.
Llego a casa y le doy un beso a mi marido, liado con los deberes. No me pregunta por el día y tampoco le pregunto yo.
20 años trabajando sin parar y ahora no quiero volver a trabajar. Los números no saldrán, pero ahora no puedo ni pensarlo.