Hoy vengo a poner sobre la mesa el debate sobre si el dinero da la felicidad. No diré cuál ha sido mi profesión durante más de quince años, pero sí puedo decir que tenía un buen sueldo, un sueldo por encima de la media, y que me sentía realizada por el hecho de trabajar de aquello que siempre había querido y que tanto esfuerzo me había costado lograr. Después de años de estudio, conseguí el trabajo que creí que merecía fruto de tanto esfuerzo. Al principio, me lo tomé con mucha ilusión, pero poco a poco el nivel de estrés al que estaba sometida hizo mella en mí. Mis días solo consistían en trabajar, tuve que dejar de ir al gimnasio porque no tenía tiempo para ello, y tuve que hipotecar fines de semana enteros para llevar a cabo todo el trabajo que me quedaba pendiente. Es cierto que pude ahorrar, comprarme una casa y viajar los pocos días que tenía vacaciones. Pero al final, mi nivel de estrés me superó. Me di cuenta de que no dormía bien, padecía de ansiedad en muchos momentos, y no disponía de lo más valioso que tenemos: el tiempo.
Además de no poder dedicar nada de tiempo a mi familia, y tampoco tenerlo para mí, empecé a dejar de lado mis aficiones. Tampoco tenía vida social, por lo que acabé alejándome de mis amigas sin poder contar ni siquiera con su apoyo en momentos altamente estresantes. De repente, me di cuenta de que mi vida se había reducido a trabajar y ahorrar. Pero no tenía vida más allá de eso. Por mucho que me gustara mi trabajo, ese nivel de estrés empezó a hacerme odiarlo. Además, me di cuenta de que había llegado muy alto profesionalmente hablando, pero que era lo único en lo que había triunfado. Mis otras facetas personales, habían quedado totalmente relegadas por mi profesión.
Un buen día, me di cuenta de que no quería vivir más así. Echaba de menos a mi familia, a mis amigas, mi espacio, mi tiempo, hacer deporte, pasear, y los diferentes pequeños placeres de la vida que ya no saboreaba. Decidí buscar otro empleo, dentro de la misma rama laboral, puesto que realmente mi trabajo me gustaba, pero sin menos estrés, sin menos presión y con una jornada laboral más reducida. Lo encontré, pero el sueldo era la mitad del que tenía. Al principio, me costó decidirme, pensé que me estaba rindiendo, que estaba dando un paso atrás en mi profesión con lo que me había costado llegar tan alto, que me costaría adaptarme al nuevo ritmo económico, pero al final decidí hacer el cambio.
Es cierto que al principio me costó darme cuenta de que la nómina no era lo más importante, pero poco a poco fui consciente de que había tomado la mejor decisión.
Ahora soy feliz, tengo una vida más austera, pero la disfruto mil veces más. Puedo volver a pasar tiempo de calidad con la gente que quiero, dispongo de tiempo libre para mis aficiones y creo que he rejuvenecido más de diez años. He entendido que el tiempo y la paz mental no tienen precio.
