Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
“No te metas, que no es asunto tuyo”, me repetía mi madre en aquellas llamadas en las que yo me desahogaba hablando del nuevo “modus vivendi” de mi amiga en nuestro tercer año de universidad.
Las dos nos habíamos ido a otra comunidad a estudiar, lejos de la familia y, en su caso, lejos de su novio de toda la vida. Alquilamos un piso juntas y desde el minuto uno la tía se desmelenó. No es que yo fuese una santa, pero ella se olvidó de su novio nada más cruzar la puerta de casa y empezó a ir de fiesta en fiesta, contestándole al pobre al día siguiente con resaca.
Mi madre tenía razón, no era asunto mío… salvo por un detalle: yo era quien tenía que tragarme las consecuencias de su “vida loca”. No hablo solo de la cantidad de tíos que entraban y salían del piso, sino de la vez que su novio vino a pasar unos días. Hasta entonces solo le había visto de pasada, pero en esa visita le conocí bien: un chico noble, encantador, locamente enamorado de mi amiga y que la trataba de diez. Ella, a cambio, lo ignoraba y hasta parecía deseando quitárselo de encima.
Como coincidíamos en casa cuando ella iba a clase, pasé bastante tiempo con él y nos hicimos buenos amigos. Y ahí me empezó a pesar la culpa: yo no le estaba poniendo los cuernos, pero era cómplice de sus engaños. Lo peor fue el día en que uno de los rollos de mi amiga se presentó en casa estando el novio allí, y ella me obligó a fingir que aquel tío venía a verme a mí. Fue humillante.
Cuando él se marchó, hablé claro con ella: lo que hacía no tenía nombre, que si ya no estaba enamorada lo más honesto era dejarle. Ella me dio la razón, me juró que lo iba a dejar… pero meses después me escribe él para pedirme consejo sobre un regalo de aniversario. Fue entonces cuando exploté: le conté la verdad.
Él me dio las gracias y ese mismo día cortó con mi amiga delante de mí. Yo, muerta de vergüenza, escuché desde el pasillo cómo ella lloraba, preguntando quién le había dicho “esa mentira”. Al colgar, vino hecha una furia, jurando que iba a descubrir quién había sido el chivato. Nunca lo supo. A día de hoy, años después, aún lo pregunta a veces en tono de broma. Y yo sé que el silencio de él fue su manera de darme las gracias.
Y aquí lanzo la pregunta al foro:
¿Hice bien en contarle la verdad aunque no fuera asunto mío, o tendría que haberme mantenido al margen como me aconsejaba mi madre?
