Me enteré por casualidad. Le pregunté a la madre de otro niño que había ido si sabía por qué mi hija llevaba días sin dormir bien y rascándose y me dijo «ay es que los míos también las pillaron del cumple, por lo visto ya lo sabían antes de la fiesta».
Ya lo sabían antes de la fiesta.
Invitaron a doce familias con niños a su casa sabiendo que los suyos tenían lombrices y no dijeron nada. Ni un mensaje, ni un aviso, ni un «oye por si acaso estad atentos». Nada. Y las lombrices no son como un catarro que igual no se pega. Las lombrices se pegan con mirarlas.
En mi casa hemos caído cuatro. Mi hija, mi hijo pequeño, yo y mi pareja. Llevamos dos semanas con el tratamiento, lavando la ropa a 60 grados, desinfectando el baño, cortando uñas, explicándole a los niños por qué no pueden rascarse aunque les pique muchísimo por la noche. Mi hija mayor ha perdido una semana de sueño decente. Yo también.
Lo que no entiendo es la decisión. En algún momento esa gente supo que sus hijos tenían lombrices y en ese mismo momento decidió no decir nada y dejar que vinieran doce familias a su casa. Eso no es un despiste. Eso es una decisión activa de no avisar para no fastidiar la fiesta y que el problema lo tengamos los demás.
Les he escrito. Un mensaje tranquilo, sin insultos, diciéndoles lo que ha pasado en mi casa y que hubiera agradecido un aviso. Me han contestado que «estas cosas pasan» y que «los niños siempre se están contagiando de algo».
Estas cosas pasan. Claro. Pero no solas.
