Yo no pido que se ponga a dieta él ni mucho menos, solo pido un poquitito de apoyo, una pizca. En la cuarentena cogí muchos kilos, doce para ser exactos.
Yo nunca he sido una chica delgada per sé, siempre he sido la ‘gordita o rellenita’. Pesaba 75kg y medía 1’65, ¿me sobraban kilos? sí. Pero tampoco era ningún drama. Pues acabé la cuarentena con casi noventa. Cogí mucho peso en muy poco tiempo y la verdad es que ‘no me molestaba’, ahora he vuelto a currar en un cole y no me siento tan ágil como siempre, así que he decidido que tengo que perder peso para estar a tope en mi curro sí o sí.
Pues bueno, mi casa se ha convertido en un bazar de alimentación. Toda la porquería industrial que os podáis imaginar está metida en mis armarios a diario. Os juro que empiezo a pensar que mi chico no quiere que adelgace.
Nosotros comprábamos guarrerías los fines de semana, para ver una peli, montarnos una merienda o un aperitivo rico… Pero entre semana nada de nada.

Pues desde que he decidido ponerme a dieta, me llega todos los días con algo que se pilla a la vuelta del curro. Cuando no son donut, son patatas fritas, palomitas, pizza congelada…
Dice que ya no hago yo la cena para las dos, que llega muy cansado y no quiere cocinar.
Aclaro: yo le dije que lo que me hacía para mí no me molestaba hacerlo para los dos, pero que no le voy a hacer a él una hamburguesa mientras yo me hago una ensalada. Porque no me ayuda, porque yo no soy su sirvienta y porque no me de la gana, básicamente.
Él dice que no quiere hacer dieta, a mi me parece estupendo, pero es que está todo el día zampando a mi lado y haciendo ruiditos de placer. Tenemos prácticamente una pelea al día por esta mierda, de verdad os lo digo, estoy a puntito de cometer una asesinato.