Hoy escribo esto llorando. Hoy. Mañana tal vez lo hubiese escrito riéndome de la vida. Pero hoy no.
Yo siempre he sido muy dueña de mí. Mucho body positive, eso sí lo he sido siempre en una escala de arriba y abajo en el peso, de cambios bruscos, de pasar de una 38 a una 48 por mil vivencias, buenas y malas. Y aún así, dueña de mí, de mi meneo de culo, de mis escotazos, de limpiarme de ‘alante a atrás’ con la opinión de los demás.
Pero es que hay días que no… Es que no se puede. Es que te miras al espejo y la blusa con la que ayer te sentías reina, hoy es una tortura, te sienta fatal, te marca todo aquello que hoy no quieres ni ver. Hay días en que las palabras que la semana pasada te resbalaron, te das cuenta que se te han clavado en lo más profundo y resurgen a molestar, chinchar, hundir. En que miras la báscula y ves que el sacrificar tus buenos bocadillos durante tres semanas no te ha servido de nada y no sabes porque, no lo entiendes. Y te zampas el bocadillo sintiéndote mal porque te estás fallando, porque querías estar menos hinchada para ese vestido tan mono en la fiesta de tu hija dentro de un par de días.
Hay días en que miras a otra más delgada con esa falda tan mona y te repites que tu serías el hazmerreír con algo igual.
O tal vez sales por la mañana genial, y a mitad de la tarde te empiezas a sentir ridícula porque has captado miradas, risitas, cuchicheos. Y ese no era el día para eso, ni el momento, ni el lugar. Y solo quieres volver a casa, a tus pijamas enormes y a tirarte piedras a ti misma por creerte bonita esa misma mañana.
Hay días que no se puede. Que sí, que el mensaje de body positive es genial. Que sí, que si tú no te quieres primero no te va a querer nadie. Que sí, que las opiniones de los demás no te deberían afectar. Que sí, que eres libre de ponerte lo que te dé la real gana. Que sí, que tú sabes que comes increíblemente bien y de todo y equilibrado y mil millones de consejos que adoptas para ti porque te cuidas y demás. Que sí, que no paras en casa quieta aunque lo tuyo no sean las maratones.
Pero hay días que solo puedes recriminarte a ti misma las dos tardes que te dejaste arrastrar por tu dolor de espalda para no salir cuando podrías haberte ido de paseo. Que te sientes una mierda porque con esa ensalada tan rica te tomaste una Cocacola normal con azúcar, gas, cafeína y no fue una lata, fue media botella sin darte cuenta y estás hinchadisima por qué fuiste tonta. Solo tú. Tú culpa. Tonta. Gorda. Fea. Estúpida. Floja. Que no tienes voluntad ninguna. Solo pones excusas. La espalda te duele por gorda. Te cansas en el trabajo seguro que más que otras, por gorda. Sudas más que las demás por gorda. Es que hay días… Hay días que no se puede y solo quieres llorar. Y un abrazo. Y que se acabe.
Hay días que no se puede porque una misma es la peor enemiga con la que te vas a encontrar.
Hoy tengo uno de esos días. Hoy no me atrevo a mirarme al espejo. Hoy me he pensado diez veces que blusa ponerme porque la de ayer me marcaba tripa y fui haciendo el ridículo. Hoy no me he atrevido a acercarme mucho a nadie por sí había sudado demasiado y el desodorante había decidido abandonarme, así que me escondí en el móvil. Hoy he agachado la cabeza cuando he pasado por al lado de un grupo de chicas más jóvenes y con pantalones cortos y vestiditos preciosos que yo jamás podré lucir igual.
Hoy he tenido un día horrible.
