Los de la manada están en la calle. De momento. Van a tener que cumplir su condena, pero aún no. Tienen libertad total para hacer lo que les plazca, lo que incluye poder violar a otra chica mientras esperan a entrar en la cárcel, o a dos, o a las que hagan falta. Ah, pero bueno, ya sabemos qué cara tienen. Si nos agreden será porque somos tontas y nos acercamos a ellos aun sabiendo que no nos conviene.
Y te pones a pensar.
Primero, que cómo es posible que a esta panda de energúmenos no se les considere lo suficientemente peligrosos como para que estén sueltos en la calle. Segundo, qué tipo de juez puede considerar que lo que hicieron no fue una violación. Luego, ¿en qué consideración nos tienen a las mujeres? Porque está claro que importamos más bien poco, por no decir que nada.
Analicemos la situación: cinco colegas salen en San Fermines y, para divertirse, acorralan a una pobre chica en un portal y hacen con ella lo que les da la gana. Y claro, la culpa es suya, ¿verdad? Como si una chica sola, bebida o no, eso es lo de menos, decide que cinco tíos pueden abusar de ella y es tan feliz. Pues no, no cuela.
Los mensajes que se mandaron entre ellos cuentan una historia muy distinta a la que dicta la sentencia judicial. A gente como esta hay que encerrarla en una celda y tirar la llave al mar. Es inadmisible que sigan un minuto más en libertad.
Ahora viene la reacción de los ciudadanos. Evidentemente, la indignación es la consecuencia más generalizada, pero el estupor, el cabreo y la impotencia ante tamaña barrabasada parecen no tener límites. En cuanto se hizo público que salían a la calle, las redes sociales se incendiaron y la reacción fue instantánea: si ellos están en la calle, nosotr@s también. Y las manifestaciones en contra de la decisión judicial se organizaron a una velocidad imparable. Miles y miles de personas protestando en las plazas de pueblos y ciudades. Si por un lado nos sentimos humilladas por la decisión de la Audiencia de Navarra, menospreciadas como seres vivos que somos, por el otro nos sentimos orgullosas de nuestros conciudadanos, que no han dudado ni un minuto en echarse a la calle a gritar que no estamos solas, que la víctima de la manada no está sola y que la apoyamos.
Lo que más me alucina, para qué negarlo, y supongo que cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo de dignidad se sentirá igual, es que haya quien ha salido en defensa de esos salvajes. A nivel ciudadano, el comentario que más me ha enervado, ha sido el de un vecino de estos desalmados: “La tendrían que haber encerrado a ella”. Pero este personaje, ¿de qué caverna se ha escapado? ¿Quién, con un mínimo de compasión humana, con una pizca de decencia, puede soltar tanta maldad por la boca?
Cinco hombres adultos han violado a una chica en un portal. A partir de aquí, sobran las especulaciones. Para colmo de males, el que es Guardia Civil, todo ofendido, escribe una carta que no tiene desperdicio y un periódico se la publica (es de agradecer, se retrata tan maravillosamente como ser humano despreciable…). Y sigue siendo Guardia Civil, eso sí, solo cobra el 75% de su sueldo. Y yo pensando que no se puede ingresar en ninguno de los Cuerpos de Seguridad del Estado habiendo sido siquiera denunciado, sea cual sea el motivo, pero si resulta que te CONDENAN POR AGRESIÓN SEXUAL, no te pueden echar. Fantástico.
Como mujer soltera e independiente que soy, salgo sola a la calle, vuelvo a casa sola en el metro el sábado por la noche, me visto como quiero y bebo si me apetece. No quiero tener que pensar que cualquier día me va a tocar a mí, porque entonces no tendría vida. Pero después de esta decisión judicial, confieso que me siento menos protegida. No tengo miedo, pero pienso que quien tiene que velar para que la ciudadanía esté protegida y castigar a los que cometen este tipo de delitos para que no anden sueltos por ahí, no está haciendo bien su trabajo. En este caso, no, no se está protegiendo a la víctima, y da mucho que pensar.
Como mujer que ha pasado de todo en esta vida, como tantas otras, estoy enfadada, indignada e ingratamente sorprendida. La justicia de mi país, a día de hoy, no nos protege. Porque la única lectura que se puede sacar de todo esto es: tú, mujer, no tienes derecho a vivir tu vida como quieras y, si te violan, es porque eres una buscona. Somos nosotras las que tenemos que ir con cuidado, vigilar en qué barrios nos metemos, a qué horas nos movemos, procurar que nuestra falda no sea demasiado corta o nuestro escote demasiado largo. No queremos follarnos a todos los tíos que conocemos por ahí, y cuando decimos que no, es que no; y si estamos en ello y se nos quitan las ganas, se acaba el tema, no hay otra.
Solo me queda desear que la sentencia se haga firme lo antes posible y que estos cinco personajes cumplan su condena hasta el último día. Y, ya por pedir, que se revise el sistema judicial en cuanto a violencia de género se refiere.
Somos muchas, muchísimas, y ya no nos pueden callar.
¡Nosotras somos la manada!